El impacto del Psicoanálisis Multifamiliar en la clínica con adolescentes. Padres e hijos en proceso

Camila Irribarra[1]

[1] Licenciada en Psicología (UBA), docente en la Práctica Profesional “Problemáticas clínicas en niñez, adolescencia y familia” en la Facultad de Psicología (UBA). Miembro activa de BabelPsi desde 2017, con formación en Psicoanálisis Multifamiliar.

PALABRAS CLAVE: Psicoanálisis multifamiliar; Grupo; Adolescentes; Trama familiar; Vínculo.

La constitución del aparato psíquico

Freud (1895) teoriza el aparato psíquico y en sus desarrollos explica dos modos de funcionamiento del mismo: proceso primario y proceso secundario. Describe que el primero se relaciona con el inconsciente pues hace referencia a la energía que circula libremente por el aparato psíquico, energía que pasa de una representación a otra rigiéndose bajo las leyes propias del inconsciente: condensación y desplazamiento. Por su parte, el proceso secundario se asocia al sistema preconsciente-consciente y se caracteriza por morigerar al proceso primario, pues liga la energía para que circule controladamente y catectiza las representaciones de una forma más estable. Freud (1899) explica estos dos modos de funcionamiento

psíquico a través de la vivencia mítica de satisfacción y de dolor. En este aspecto señala que, a causa de una alteración interior, se desequilibra la energía en el aparato psíquico provocando un acrecentamiento de la misma que es sentida como displacer y, por ello, se busca la descarga inmediata. Para producir esta descarga se requiere del auxilio ajeno, de manera que el individuo auxiliador deberá realizar una acción específica posibilitando la restitución del equilibrio de energía. Esta restitución de la energía en el aparato psíquico constituirá la primera vivencia de satisfacción dejando así una huella mnémica. Más adelante, cuando el infante vuelva a sentir el displacer generado por una alteración interior, ya no buscará solamente la descarga. En lugar de ello, tomará la información guardada en aquella huella mnémica para aplazar la satisfacción inmediata y solicitar el auxilio de un otro que realice la acción específica, de manera que se restituya el equilibrio de energía en el aparato psíquico. Así ya lo señalaba Freud en 1895:

Si el individuo auxiliador ha operado el trabajo de la acción específica en el mundo exterior en lugar del individuo desvalido, este es capaz de consumar sin más en el interior de su cuerpo la operación requerida para cancelar el estímulo endógeno. El todo constituye entonces una vivencia de satisfacción, que tiene las más hondas consecuencias para el desarrollo de las funciones en el individuo. (Freud, 1895: 363).

Así se explica el funcionamiento del proceso primario y secundario como dos modos de representación que coexisten, conviven a lo largo de la vida del sujeto, y constituyen la estructura de funcionamiento del psiquismo. En este sentido Freud (1899) a medida que continúa sus teorizaciones expresa que:

Cuando llamé primario a uno de los procesos psíquicos que ocurren en el aparato anímico, no lo hice sólo por referencia a su posición en un ordenamiento jerárquico ni a su capacidad de operación, sino que al darle ese nombre me refería también a lo cronológico. Un aparato psíquico que posea únicamente el proceso primario no existe, que nosotros sepamos, y en esa medida es una ficción teórica; pero esto es un hecho: los procesos primarios están dados en aquel desde el comienzo, mientras que los secundarios sólo se constituyen poco a poco en el curso de la vida, inhiben a los primarios, se le superponen, y quizás únicamente en la plena madurez logran someterlos a su total imperio. (Freud, 1899: 592).

Como señala el autor, tanto el proceso primario como el proceso secundario son parte constitutiva de la estructura psíquica. No se trata únicamente de procesos de los que se sirve en mecanismo de la psiconeurosis, sino que “los dos sistemas psíquicos, la censura del pasaje entre ellos, la inhibición y la superposición de una actividad por la otra, las relaciones de ambos con la conciencia […], todo eso pertenece al edificio normal de nuestro instrumento anímico.” (Freud, 1899: 596).

Piera Aulagnier (1977) retoma estas teorizaciones acerca del modelo metapsicológico para realizar una reinterpretación e indagar acerca de la formación de la psicosis. Considera ambos modos de funcionamiento postulados por Freud – proceso primario y proceso secundario- pero repiensa la metapsicología freudiana y se dedica a replantear algunas nociones. Es así que Aulagnier postula un modelo de aparato psíquico centrado en el análisis de la actividad de representación, concepto que se define como:

Por actividad de representación entendemos el equivalente psíquico del trabajo de metabolización característico de la actividad orgánica. Este último puede definirse como la función mediante la cual se rechaza un elemento heterogéneo respecto de la estructura celular o, inversamente, se lo transforma en un material que se convierte en homogéneo a él. Esta definición puede aplicarse en su totalidad al trabajo que opera en la psique, con la reserva de que, en este caso, el <<elemento>> absorbido y metabolizado no es un cuerpo físico sino un elemento de información. (Aulagnier, 1977: 23).

Establece que aquellos elementos no aptos para ser metabolizados, no tendrán representante en el aparato psíquico. Debido a ello, no tendrán existencia para la psique del sujeto, sin embargo, cabe destacar que esto no indica que no se puedan sufrir sus efectos.

Piera Aulagnier (1977) hipotetiza que la actividad psíquica se constituye por tres modos de funcionamiento: proceso originario, proceso primario y proceso secundario. Estos tres procesos se caracterizan por no estar presentes desde un primer momento en la actividad psíquica; se suceden entre ellos temporalmente; cada uno se pone en marcha a partir de la necesidad que tiene el psiquismo de conocer las propiedades del objeto externo; y la instauración de cada uno no implica el silenciamiento del proceso anterior.

El primer proceso de constitución subjetiva que es el punto de partida de la actividad psíquica, Aulagnier (1977) lo llama Proceso Originario. A través del mismo el niño deberá metabolizar, es decir, incorporar los efectos de un doble encuentro: con su propio cuerpo y con el cuerpo de la madre como representante del mundo. El entrecruzamiento madre-hijo la autora lo conceptualiza mediante el Pictograma que es “una primera e inaugural experiencia de placer: el encuentro entre boca y pecho” (Aulagnier, 1977: 41), representación de la zona-objeto complementario. La característica de la misma estará marcada por el efecto de placer o displacer. Si prevalece el placer, el pictograma será de fusión con signo positivo pues promueve el efecto de ligadura e integración psicosomática. Por el contrario, si predomina el displacer, el pictograma inscripto será de rechazo con signo negativo pues implica el desinvestimiento de la representación zona-objeto complementaria y, además, devela la inadecuación del objeto por exceso o por defecto de sentido. Resalta la autora que en esta puesta en representación hace falta un placer mínimo para que haya vida, es decir, más allá de la paradoja freudiana placer-displacer, para que exista actividad de representación y representantes psíquicos del mundo interno y el mundo externo es fundamental un placer mínimo. Por último, en referencia al Proceso Originario, postula que la actividad dominante en este funcionamiento es la de autoengendramiento, el cual indica que todo aquello que existe para el sujeto es creado por él mismo.

Al segundo proceso de constitución psíquica que plantea Aulagnier (1977) lo llama Proceso Primario y, en relación a ello, la autora destaca que “nuestra concepción del proceso primario y de su representación fantaseada de la relación psique-mundo sigue siendo fiel a lo expuesto por Freud” (Aulagnier, 1977: 73). Otero (2008) realiza señalamientos al respecto y marca que este proceso se caracteriza porque la actividad preponderante es la fantasía que sirve para satisfacer los deseos imaginarios, es decir, para evitar el sufrimiento por la ausencia del vínculo primario y para apropiarse de los espacios que se conforman como distintos. La separación y el reconocimiento del mundo externo surgen a partir de que la madre deposita su mirada y placer en un espacio diferente al que se le brindaba al infante. La experiencia de la ausencia y el retorno serán la base de esta actividad de representación.

Esta representación es, al mismo tiempo, reconocimiento y negación de la separación: lo que caracteriza a la producción fantaseada es una puesta en escena en la que efectivamente existe una representación de dos espacios, pero

estos dos espacios están sometidos al poder omnímodo del deseo de uno solo. (Aulagnier, 1977: 73).

A partir de este deseo carente de poder surge la extraterritorialidad como una necesidad de reconocer que existe un espacio separado y distinto del propio. Implica un mayor nivel de autonomía del sujeto y posibilita el advenimiento del Yo, pues el fantaseo apunta a la obtención de placer y la fantasía crea aquello que podría ser causa de placer sexual.

Por último, al tercer proceso de constitución subjetiva que teoriza Aulagnier (1977) lo llama Proceso Secundario. La actividad principal en este proceso es la Representación Ideica o Enunciado pues “todo existente deberá adquirir el status de

<<pensable>>, necesario para que adquiera el de decible” (Aulagnier, 1977: 63). Aquí es donde se produce el desarrollo del pensamiento y el lenguaje. Otero (2008) señala que es un proceso que se caracteriza por la aproximación del infante a diversos acontecimientos sociales que están por fuera del núcleo familiar, es decir, surge un espacio secundario que será el lugar donde el Yo realizará sus trabajos. Lo decible será aquello que caracterice las producciones del Yo y esto estará posibilitado porque lo pensable encuentra su espacio en el psiquismo como condición indispensable para la existencia del mismo. Destaca Aulagnier (1977) que solo lograrán el acceso al registro del Yo aquellos elementos que puedan dar lugar a la representación de una idea.

Grassi (2000) afirma que la subjetividad es una integración psicosomática ya que implica pensar a las sensaciones corporales del bebé como un factor necesario para el origen del aparato psíquico. El cuerpo biológico nace y es, el aparato psíquico devendrá apoyado en el soma que también tomará vida, pues psique y soma se co-constituyen.

En relación a estos desarrollos, Otero (2008) resalta algunos conceptos para pensar una teoría de la intersubjetividad. Señala que la subjetividad tiene tres dimensiones: intrapsíquica, intersubjetiva y transgeneracional. La dimensión intrapsíquica hace referencia a las representaciones inconscientes que forman el mundo interno del sujeto. El aspecto intersubjetivo indica los intercambios vinculares que se establecen entre el niño con sus padres y sus pares. Por último, la dimensión transgeneracional expresa la unión del individuo con sus generaciones pasadas. El sujeto se encuentra inmerso en un grupo familiar-social que está atravesado por una genealogía, así, recreará aquello ofrecido por ese entorno que lo rodea.

El grupo familiar es el medio que el sujeto habita, al que pertenece y en el que construye los procesos intra e intersubjetivos que posibilitarán su historización. Las funciones parentales ocupan un lugar fundamental ya que las primeras interacciones entre la madre y el bebé requieren una imposición de sentido pues el discurso materno es agente y responsable del efecto de anticipación impuesto al bebé que aún no proporciona respuestas. Aulagnier (1977) denomina este trabajo psíquico materno como Violencia Primaria. Es un concepto que “designa lo que en el campo psíquico se impone desde el exterior a expensas de una primera violación de un espacio y de una actividad que obedece a leyes heterogéneas al Yo” (Aulagnier, 1977: 34). Son acciones, elecciones, pensamientos, una forma de circulación y descarga de placer que están motivados en el deseo del que lo impone. Esta violencia es necesaria e inevitable, es el costo para acceder al lenguaje. Resalta la autora que la madre es un ser enunciante y mediador del discurso ambiental que permite transmitir predigerida y premoldeadamente los límites de aquello que es posible y lícito de aquello que no lo es, por ello, la denomina como portavoz. Cuando se produce un exceso o defecto de imposición de sentido que resulta perjudicial e innecesario para el funcionamiento yoico, estamos frente a lo que Piera Aulagnier (1977) denomina Violencia Secundaria. La misma “se abre camino apoyándose en su predecesora, de la que representa un exceso por lo general perjudicial y nunca necesario para el funcionamiento del Yo” (Aulagnier, 1977: 34). En este tipo de acciones prevalece el deseo materno arrasante, no se atienden las necesidades del bebé y hay una imposibilidad de reconocerlo como un otro deseante y áltero. Las intenciones y elecciones del sujeto se desconocen y, por ello, la autonomía del pensamiento se ve anulada. El psiquismo que está en formación se ve invadido por el deseo de inmovilidad de la madre provocando las condiciones propicias para el estallido de la potencialidad psicótica a posteriori.

Un momento que podría ser propicio para la manifestación psicótica es la adolescencia ya que implica una intensa movilización subjetiva, de revisita a la infancia, de historización y desarrollos de procesos psíquicos complejos. En este aspecto “las producciones psíquicas que se originan en la familia, desde la genealogía, son anclajes, organizadores para pensar los procesos psíquicos adolescentes” (Otero, 2008: 19).

Vínculos y ambiente

No siempre el ambiente del grupo familiar es un espacio propicio para el desarrollo saludable de un sujeto. Muchas veces, hay procesos psíquicos de los padres que están detenidos u obstaculizados por diversos motivos y esto provoca carencias en sus funciones. Blanco y Suárez (2018) postulan que concebir a la familia como grupo permite pensar a las relaciones entre los miembros como constructoras de la grupalidad y la vincularidad. En este sentido definen que lo vincular es un “entre” que no tiene lugar por fuera del sujeto, el mismo es constituido en el vínculo. “El sujeto es vincular, es ‘entre’” (Blanco y Suárez, 2018: 159). Para pensar las funciones familiares es necesario considerar, primero, al otro como distinto y deseante pues solamente así es posible crear los vínculos intersubjetivos. La construcción vincular entonces implica tres dimensiones: lo semejante, lo distinto y lo ajeno. Vincularse asume la idea de una ligazón duradera que busca la estabilidad más allá de las dificultades, implica una historia con un otro significativo. Por ello, la pertenencia a un grupo implica un sufrimiento que excede al sujeto debido a la exigencia que produce la idea de lazo-diferencia. Esta exigencia podría transformarse en sufrimiento patológico cuando la discordancia en el encuentro con el otro es imposible, donde los bordes son minimizados provocando la indiferenciación y se suprimen las singularidades. Esto provoca mandatos que a veces no pueden ser procesados. Además, genera un ambiente donde se manifiesta la Violencia Secundaria pues no hay respeto por el otro diferente, y cualquier diferencia que presente el sujeto frente a sus padres será negada replegando así la posibilidad de individuación.

Las funciones familiares se despliegan y se enlazan entre las personas, los encuentros entre los miembros hacen a lo constitutivo de las funciones familiares. Los vínculos se forman a partir del mecanismo psíquico predominante en el grupo familiar. En este sentido, Blanco y Suárez (2018) sostienen que en la constitución subjetiva, se genera una envoltura psíquica que funciona como membrana que recubre y protege el psiquismo del bebé marcando el adentro-afuera. Esto se producirá a partir de los sucesivos encuentros fusionales que irán hacia una diferenciación progresiva y subjetivante. Será dicha membrana la que le otorgue estabilidad y solidez al Yo debido a la idea de espacio de amparo que genera en el infante y que, luego, se

interioriza funcionando como puntal del Yo. Este revestimiento funciona como una estructura que garantiza las transmisiones de generación en generación con sus diferencias.

La falla de esta membrana se produce cuando el borde familiar no está claro, es decir, la falta de representantes, la presencia inestable y la amenaza de vacío representacional provocan sufrimiento y aplastamiento de la subjetividad. Lo violento aparece en los encuentros arrasando con la individualidad y promueve un único modo de estar con el otro. Aunque el sujeto tenga recursos para enfrentar estos modos de relacionarse, le implica un sobreesfuerzo de tramitación.

Cuando el ambiente y las funciones familiares son saludables y facilitadoras del desarrollo del psiquismo, se espera que puedan cumplir con las tareas de sostener, contener, respetar al otro como alguien diferente, transformar y transmitir en un espacio propicio para experienciar y transitar vitalidad. Si esto no sucede así, se ven perjudicados los procesos psíquicos propios, por ejemplo, el de la niñez o la adolescencia debido a la sobreexigencia del trabajo vincular que requiere construir territorios diferenciados, o a veces, la imposibilidad de lograr esto.

La importancia de un medioambiente saludable radica en la posibilidad que le brinda al niño de ser él mismo. Muchas veces las fallas que se generan en la vincularidad entre padres e hijos pueden estar motivadas por aspectos patológicos de su trama familiar que se transmiten de generación en generación, procesos no desarrollados u otros conflictos de la trama original que afectan el sostén adecuado de los hijos.

Cabe destacar que considerar el paradigma de la complejidad implica tomar en cuenta al sujeto en un rol activo. De esta manera, la realidad no necesariamente determinará el destino, sino que el sujeto tiene la capacidad de transformar y ser transformado por la realidad. Por lo tanto, a pesar de las fallas en las funciones familiares o los modos de relacionarse patológicos que se forman entre los miembros de una familia, no está todo perdido, el niño o el adolescente podrá actuar para que su potencial de transformación devenga saludable y no enfermo.

Las influencias constantes de la trama familiar

Durante los primeros tiempos de constitución del psiquismo, el infante permanece íntimamente relacionado con otros generando tendencias en sus modos de relacionarse que, muchas veces, permanecen durante toda la vida. Estas relaciones que configuran un modo de funcionamiento entre los miembros de una familia son denominadas por García Badaracco (1998) como interdependencias recíprocas. Las interdependencias son un fenómeno inherente al ser humano y se constituyen desde el comienzo de la vida misma cuando en la relación madre-hijo se produce un ida y vuelta en la comunicación que primero es sensorial y gestual, y luego podrá ponerse en palabras. Las interdependencias son interrelaciones recíprocas que se producen entre los seres humanos, donde uno actúa sobre el otro y viceversa.

La familia como primer sistema que el ser humano habita, cumple un rol fundamental en estas ya que se forman entre los miembros integrantes. De esta manera, se va constituyendo la trama familiar y la historia de cada uno de los individuos. A su vez, esta trama está influida por la dinámica transgeneracional, es decir, las interdependencias que hayan tenido los padres del adolescente con sus propios padres podrían influir el vínculo actual padres-hijos.

Se hace hincapié en los vínculos de interdependencia patológicos pues son los que podrían obstaculizar o detener el proceso de desarrollo de los hijos, por ejemplo, en la adolescencia, a causa de la repetición y la transmisión de mensajes y de repercusiones del vínculo entre sus padres y abuelos. Es decir, por herencia transgeneracional de ciertos aspectos, no se permite el desarrollo.

La adolescencia

El significante adolescencia, denota la potencialidad de producir nuevos efectos de sentido (Córdova, 2010). La etimología de los vocablos “adolescencia” y “adolescente” tienen su raíz en el verbo “adolescere”. Este verbo en su composición denota “el principio de una acción progresiva: comenzar a crecer, estar creciendo” (Córdova 2010: 24). Sin embargo, frecuentemente, la palabra “adolescencia” se relaciona erróneamente con el verbo “adolescer” para designar la falta de algo, la carencia y el dolor, negativizando así un proceso que posee un gran potencial

transformador y creativo. El hecho de no poder ver el desorden que promueve la adolescencia como una condición necesaria para el transcurso saludable de los procesos, invita a mutilarlo o segregarlo como algo anómalo, atípico o perturbador. Esta concepción deja por fuera la vulnerabilidad de una generación que intenta hacerse un lugar en el mundo adulto.

La adolescencia se pone en marcha con la llegada de la pubertad. Freud (1905) desarrolla que, con el advenimiento de la misma, se producen cambios en la sexualidad infantil que llevan a su conformación normal definitiva. La sexualidad infantil se caracterizaba porque la pulsión era predominantemente autoerótica, es decir, las pulsiones eran parciales y la satisfacción se encontraba en el propio cuerpo a partir de las zonas erógenas. “Hasta ese momento actuaba partiendo de pulsiones y zonas erógenas singulares que, independientemente una de otras, buscaban un cierto placer en calidad de única meta sexual”. (Freud, 1905: 189). En la pubertad es dada una nueva meta sexual: la función de reproducción. Para ello, todas las pulsiones parciales y las zonas erógenas se subordinan al primado de las zonas genitales. Desde lo psíquico se produce el hallazgo de objeto sexual que, según Freud (1905), está preparado desde la más temprana infancia. El autor considera que desde que la satisfacción sexual estaba ligada a la nutrición, la pulsión sexual tenía a su objeto en el exterior: el pecho materno. Ese objeto externo se pierde cuando el niño construye la representación de la persona a quien le pertenece el mismo. Allí la pulsión pasa a ser autoerótica y, una vez superado el período de latencia, se restablecerá la relación originaria. En este aspecto Freud también señala que “el hallazgo {encuentro} de objeto es propiamente un reencuentro.” (Freud, 1905: 203). Más adelante agrega que existen dos caminos posibles para este hallazgo: por apuntalamiento y el narcisista. El primero hace referencia al hallazgo de objeto que se realiza por apuntalamiento en los modelos de la temprana infancia y; el segundo, se refiere al narcisista que busca reencontrar el yo propio en otros.

En este sentido, Grassi (2010) agrega que existe un tercer camino para el hallazgo de objeto. Se trata de la búsqueda por la alteridad del objeto, por no ser conocido, por su ajenidad y extrañeza. Señala que en ninguno de los tres modos hay fijeza ni exclusividad sino combinatoria en la elección.

Así también, introduce cuestionamientos acerca de la idea de hallazgo. Grassi (2010) destaca que hallazgo no es sinónimo de encuentro pues, semánticamente, guarda elementos que se asocian a la creatividad. “En su literalidad, hallazgo es

descubrir con ingenio algo hasta entonces no conocido” (Grassi, 2010: 39). Retoma las teorizaciones de Freud cuando éste desarrolla que el objeto externo de la pulsión (pecho materno) se pierde en el momento que el niño puede representarse a la persona portadora del órgano que le otorgaba satisfacción. En esta pérdida del objeto externo, la pulsión pasa a ser autoerótica. Luego de esta evolución, se producirá la elección infantil de objeto. El modelo del mismo no será ajeno a la genitalidad y al hallazgo de objeto. La nueva meta de la pulsión en la pubertad, será dirigirse a un objeto exterior no conocido, aún no representado psíquicamente. La representación del mismo no podrá preverse, el encuentro con el objeto estará influenciado por la creatividad del sujeto. No se tratará simplemente de encontrar aquello que ya estaba allí, aquello ya conocido, dado y prefijado. El proceso de “Re-encontrar la exterioridad del objeto es reencontrar su recreación” (Grassi, 2010: 41). El adolescente saldrá a crear afuera, a conquistarse genitalmente y a inscribir diferencias de sexo y de cuerpo. Todo este trabajo lo hará apuntalado en los modelos de la primera infancia.

Los procesos puberales y adolescentes son teorizados por Gutton (1993). Ambos generan un juego de escisiones y ensambles. Lo puberal hace referencia a la arrolladora turbulencia sensual y originaria. Es fuerza fusionante. Es presencia vigorosa de la sexualidad genital que pone en marcha la historización de la infancia. “Lo puberal es en sus cimientos la confluencia exclusiva de las corrientes sensuales de la infancia y de la pubertad, bajo el estandarte de las pulsiones de fin no inhibido”. (Gutton, 1993: 22). Este autor plantea la idea de unidad narcisista originaria puberal y, en este sentido, desarrolla que lo originario puberal empuja a la búsqueda del genital complementario como un intento de restituir la fusión de la zona-objeto complementario, pero ahora, con el genital del otro sexo. Por su parte, lo adolescente refiere a los trabajos creativos, elaborativos y de sublimación que atenúan y desexualizan el exceso sensualidad. Es aquello que enternece y apacigua el exceso de sensualidad, son trabajos separadores y permiten la elaboración creativa de aquella sexualidad genital mediante procesos que, en tanto saludables, darán lugar a lo nuevo. Señala “la separación es un trabajo de lo adolescens” (Gutton, 1993: 46). La dialéctica y síntesis entre ambos procesos resulta necesaria para la estructuración psíquica y la subjetivación.

“Gutton (1993) dirá que lo puberal crea los materiales sobre los que trabaja lo adolescente” (Córdova 2010: 47). En este sentido, Grassi (2009) sostiene que los procesos puberal y adolescente se ponen en juego en lo que él denomina

“entretiempo de la sexuación”. Lo define como el proceso entre la aparición sexual genital y el trabajo psíquico del hallazgo de objeto. Será en estas estaciones de recambio donde se desplegarán las transformaciones orgánicas de la pubertad que producen un desorden en el cuerpo, en la identidad infantil, en el orden familiar y en la posición generacional que invitan al sujeto a modificar, crear y trabajar en la incorporación psicosomática.

El “entretiempo de la sexuación” propuesto por Grassi (2009) supone trabajos psíquicos específicos. Uno de ellos corresponde al trabajo de lo puberal en el que se produce la puesta en desorden. Es un momento que el sujeto lo vivencia como traumático debido a las sensaciones que provoca un cuerpo desbordado de pulsiones sexuales y violentas. Aquí se resignifica, se realizan recambios y se realizan nuevas inscripciones del cuerpo genital. Es un trabajo de revisita a las primeras sensaciones que se inscribieron en el cuerpo, pero esta vez hay co-operación con los pares y en soledad. Retomando los lineamientos de Gutton (1993), este proceso es pensado como anclado en lo real biológico. La corriente tierna y la corriente erótica de la pulsión están presentes, pero no integradas aún. Se produce el duelo por los padres de la infancia y se constituye el espacio extrafamiliar. El segundo trabajo psíquico corresponde a lo adolescente. Este se basa en la creatividad para sublimar lo puberal. El yo está del lado de lo idealizado y el objetivo aquí es la desexualización de las representaciones incestuosas para lograr la elección de objeto. Hasta aquí el objeto es el amor, no el amor de objeto. Por último, el tercer trabajo psíquico corresponde a la juventud. Aquí hay integración de las pulsiones parciales en la genitalidad. Se inscribe la temporalidad y es posible pensar en un proyecto realizable. No hay complementariedad. Aparece la dimensión de lo áltero en los vínculos, es decir, el sujeto reconoce al otro como alguien distinto con cuerpo y deseo propio.

A partir del trauma que provoca lo puberal, el sujeto se verá obligado a realizar un trabajo de búsqueda en el que deberá salir de su espacio familiar. En relación a esto, la exploración se trata de realizar un viaje a la genealogía del sujeto en la que será necesario historizar, es decir, buscar el propio lugar donde identificarse en la historia familiar. Otero (2008) señala que el devenir de un sujeto es con su historia y que, para enfrentar el futuro, hace falta que el yo en la adolescencia invista el pasado infantil. Este proceso no será lineal ni repetitivo de las generaciones pasadas, el azar y la novedad se incluyen en lo vivido por el sujeto.

La creación de su propia historia implica que el adolescente pueda anudarse a su genealogía. Este proceso se realiza a partir de una investigación histórica familiar que implica ciertos trabajos psíquicos. Otero (2008) retoma conceptualizaciones realizadas por Piera Aulagnier y señala que, entre estas, se encuentra la idea de construcción de la Escena Originaria que implica la representación inconsciente para que el sujeto pueda anclarse en la genealogía, es decir, que se pueda ubicar como causa y consecuencia, “como producto de placer que liga, une a los padres entre sí y con él mismo” (Otero, 2008: 16). Toma el concepto de trabajo de Filiación-Afiliación que indica la aceptación de que sus padres lo anteceden y tienen una historia a la que debe él articularse. La noción de Contrato Narcisista permite entender al adolescente que ocupa un lugar en la cadena genealógica. Este trabajo psíquico es una operación simbólica que involucra dos dimensiones de la historización: la del Ancestro como portador de los mitos de origen que se transmiten generacionalmente, y la del Sucesor que representa a la próxima generación que lo continúa. Este contrato garantiza que los mitos se sigan transmitiendo y que se perpetúe el grupo de pertenencia. Por último, la idea de Sombra Hablada o Cuerpo Imaginado permite dar cuenta de los enunciados que preceden al niño y develan el anhelo maternal concerniente al niño. Son las representaciones que tiene la madre sobre su hijo, son constitutivas y necesarias para la existencia del mismo.

Mediante estos trabajos, el yo crea la propia biografía poniendo en memoria y en historia el tiempo pasado, es decir, realiza un trabajo de reorganización. Para ello, Otero (2008) explica que existe un Fondo de Memoria. Este concepto, propuesto por Aulagnier, desarrolla que se trata de un depósito que guarda las representaciones infantiles que fueron significativas. Éste tiene una doble función: ser garantía del Registro Identificatorio, es decir, otorga referencia acerca de la genealogía a la que pertenece, y asegura la continuidad del yo más allá de los movimientos y cambios. La otra función que aporta el Fondo de Memoria es el Capital Fantasmático que son las huellas afectivas de las primeras experiencias infantiles que se guardan como recuerdos. Esta última función da lugar a la conformación del Espacio Relacional que va a ser la parte a la que recurra el sujeto para investir lo nuevo, para catectizar los nuevos objetos. El Espacio Relacional y el Registro Identificatorio conforman Lo Reprimido, es decir, el trabajo que admite lo que será recordable y lo que no será recordable. Además, Lo Reprimido permitirá la renuncia a los objetos familiares para dar lugar a los nuevos objetos heterofamiliares.

Tanto el Espacio Relacional como el Registro Identificatorio, van a funcionar a través del Principio de Permanencia que es el anclaje a la familia de pertenencia, y del Principio de Cambio que es la salida a la exploración a partir del Principio de Permanencia. En el armado de un Proyecto Identificatorio serán fundamentales estos trabajos psíquicos desarrollados pues conocer los orígenes y la historia del sujeto, permite saber que ello permanece y es una parte de él, pero también admite que, en la biografía, es posible explorar y descubrir lo nuevo.

Proceso adolescente acompañado de un contexto terapéutico grupal de Psicoanálisis Multifamiliar

La adolescencia involucra procesos complejos. En este sentido, el ambiente podría obstaculizar la posibilidad de un desarrollo saludable. Cuando no se respetan las transformaciones debido a la imposición de mandatos de la trama original que no permiten la creatividad y la salida a lo preestablecido, podrían aparecer la enfermedad mental, los vínculos enfermizos y enfermantes. Frente a esto, el dispositivo psicoterapéutico grupal que se desarrolla en el Sanatorio Dr. J. Méndez, ofrece una alternativa para un redesarrollo de procesos psíquicos y promueve la generación de recursos yoicos más genuinos. Este espacio podría funcionar como un tercero facilitador para (re)crear un ambiente saludable que permita el desarrollo de recursos a los padres y a los adolescentes que realizan un proceso terapéutico. Además, permite introducir salud en la trama familiar. Es importante destacar que la terapia multifamiliar puede funcionar en forma complementaria a los procesos individuales.

Los grupos de Psicoanálisis Multifamiliar fueron creados por el Dr. Jorge E. García Badaracco en los años ‘60. Este “es un método de trabajo psicoanalítico que incluye al paciente y a su familia en un contexto social de grupos multifamiliares” (Matthews 2018: 1), es decir, el grupo multifamiliar está integrado por el sujeto, su familia, y a su vez, cuenta con la presencia de otras familias. También hay un equipo de coordinación compuesto por terapeutas que cuentan con recursos yoicos y la habilidad profesional de coordinación para contener las emociones y transferencias que puedan llegar a desplegarse.

En el Sanatorio Dr. J. Méndez, desde el año 2006, BabelPsi con el aval del Servicio de Salud Mental, realiza reuniones con un dispositivo de trabajo grupal multitudinario que se lleva a cabo todos los días miércoles, sin interrupción durante todo el año. Son reuniones psicoterapéuticas de Psicoanálisis Multifamiliar que siguen el modelo y marco referencial desarrollado por el Dr. Jorge García Badaracco que proponen, en este caso, un espacio heterogéneo, abierto a la comunidad, de concurrencia libre, gratuita y que no necesita admisión. Concurren aproximadamente entre sesenta y ochenta personas que encuentran allí un lugar de contención grupal y medioambiente confiable para iniciar, si se quiere, un proceso psicoterapéutico. Es un ambiente de seguridad que ofrece la continuidad, estabilidad de contener y sostener. Se genera un clima emocional que permite vivenciar los hipercomplejos fenómenos humanos con más naturalidad y posibilita desdramatizar los conflictos humanos. En este espacio es fundamental el respeto, la neutralidad y el timing de cada participante, para lograr así, indagar en el fenómeno de las interdependencias recíprocas, pues se considera que a partir de las interdependencias se mueven las tramas familiares. A través de la escucha respetuosa y la intervención del equipo se van procesando los conflictos que traen los participantes, que hablan y que resuenan en otros participantes. Badaracco consideraba, además, que “la dinámica intergeneracional se trabaja mejor multifamiliarmente” (2000: 33).

En este dispositivo es posible escuchar diferentes puntos de vista, interactuar y compartir experiencias y vivencias. Estas son características de un ambiente que, muchas veces, no fue experimentado durante la infancia y la adolescencia. Por ello, de acuerdo a las posibilidades de los sujetos, habilita una escucha diferente, y por ende, el trabajo y la reelaboración de procesos psicológicos que podrían estar detenidos o se podrían haber desarrollado de manera patológica.

Es interesante que la iniciación de un proceso terapéutico no implica que el usuario, necesariamente, hable ya que el escuchar a otros y dejar que las palabras resuenen en él mismo desde lo vivencial contribuye, también, con el tiempo, al desarrollo de recursos yoicos. La escucha tiene un poder sanador y el poner en palabras aquello que duele, angustia o representa un problema, genera alivio y es en sí, terapéutico. Este alivio no sólo es para quien realiza la tarea de hablar, sino que también lo es para quien escucha. En este sentido, podría pensarse que las intervenciones de los participantes en las reuniones multifamiliares dejan en evidencia que, en la trama familiar, las palabras, las actitudes, los gestos y aquello no dicho,

podría tener un poder patógeno sobre el sujeto. Cada usuario de este espacio se lleva algo de cada reunión.

El trabajo aquí promueve el darse cuenta de los modos de vincularse para poder desarrollar recursos personales diferentes. Experimentar este “darse cuenta” podría resultar traumático si no están presentes los elementos necesarios para que las personas puedan vivenciarlos de manera terapéutica y enriquecedora. En ese sentido, el rol de los terapeutas es ofrecerse como posibilidad de crear un vínculo de interdependencia sano. Así, este vínculo permitiría utilizar los recursos yoicos del terapeuta para tolerar la angustia que genera la desestructuración de las interdependencias patógenas interiorizadas en el sujeto.

El sujeto se presenta en este dispositivo grupal con su entramado múltiple e hipercomplejo. Esto sucede porque la constitución de su psiquismo fue nutrida y resultado de lo intersubjetivo, de los vínculos e interdependencias actuales, intergeneracionales, y del ambiente en el que creció. Lo transgeneracional actúa continuamente, allí radica la importancia de simbolizar y elaborar lo traumático que circula a veces, de manera silenciosa.

Badaracco considera que, al igual que un proceso de crecimiento y desarrollo esperable en una familia, el proceso terapéutico que puede llevarse a cabo en un grupo de Psicoanálisis Multifamiliar constituye la oportunidad de un redesarrollo dentro de un contexto familiar más sano. Sostiene que este proceso consiste en “una sucesión de cambios […] que tienen una coherencia interna y un sentido progresivo de desarrollo hacia una condición humana de mayor integración de la personalidad y mayor madurez y equilibrio emocional” (Badaracco 1978: 165). Postula que si se piensa a la enfermedad mental como la obstaculización o detención del desarrollo en la familia y a la curación mediante un proceso de redesarrollo, el espacio de las reuniones de Psicoanálisis Multifamiliar sería fundamental porque puede proveer las condiciones de un ambiente facilitador para la producción de recursos que antes no pudieron generarse en el contexto de la familia real. Debido a esto se recomienda que el grupo familiar sea parte del tratamiento ya que cada integrante como individuo y la familia en su totalidad tendrán que descubrir y desarrollar vínculos más maduros y ayudarse en trama.

En referencia a este aspecto, son múltiples las formas en las que se presenta la familia durante el proceso psicoterapéutico. Podrían estar presentes, por ejemplo, dentro del paciente como identificaciones o modos de relacionarse internalizados. Si

es así, el trabajo se realiza mediante la repetición en transferencia de los conflictos internos infantiles, y los conflictos y carencias familiares. Este trabajo es posible si se considera al grupo de las reuniones de Psicoanálisis Multifamiliar como contexto de la experiencia terapéutica que simula ser una familia sustitutiva que comprende y puede hacerse cargo de los contenidos enfermos del paciente. De esta manera es posible la expresión de aquello que duele, aqueja, o resulta traumático para su posible reelaboración.

El Psicoanálisis Multifamiliar desarrollado por Jorge García Badaracco, considera que el grupo familiar del sujeto es el entorno que habita diariamente, y juega directa o indirectamente un rol en el proceso de desarrollo que podría favorecer u obstaculizar los cambios que experimenta el individuo. Debido a esto, otorga sustancial importancia a las condiciones, factores, y circunstancias que rodean al sujeto. La familia y el medio social constituyen el contexto cotidiano que rodean la experiencia psicoterapéutica. Se producen modificaciones en los vínculos familiares a causa del trabajo en las reuniones de Psicoanálisis Multifamiliar, debido a ello, se generan reacciones y movimientos en un continuo ida y vuelta.

La familia es el lugar donde el sujeto crece y madura, “el grado de madurez y de logro de una identidad propia en los padres condicionará por lo tanto un desarrollo también más sano y más maduro de los hijos” (Badaracco y Zemborain, 1979: 204). A partir de esta postulación se puede pensar que los adolescentes ven obstaculizados o detenidos sus trabajos psíquicos a causa de los conflictos no resueltos de sus antecesores. El crecimiento de los hijos reactiva las etapas del desarrollo de sus padres y ponen a prueba constantemente los recursos yoicos de sus éstos. Cuando la puesta a prueba resulta difícil debido a dificultades o conflictos de los mayores, se desarrollan defensas inconscientes que detienen el crecimiento de los hijos en los mismos aspectos que los padres. Se podría pensar entonces, por ejemplo, que un padre que no logró el trabajo de excorporización en el que mata a sus padres simbólicamente, cuando su hijo intente hacer ese proceso, podría darse una situación en el vínculo que aplaste la subjetividad del hijo de manera que este proceso se detenga.

Muchas veces se observa en las reuniones de Psicoanálisis Multifamiliar que los padres tienen expectativas rígidas sobre sus hijos y, consciente o inconscientemente, idealizan al adolescente aún desde antes de nacer. Por ello, lejos de concebir a su hijo como alguien a quien acompañar para que logre su autonomía

e independencia, posan sobre ellos una mirada que los condiciona a cumplir con las ideas previas de ellos. Esto genera exigencias que pueden resultar insostenibles para el hijo produciendo, quizás, una crisis, incluso a veces, de índole psicótica como respuesta a una situación imposible de soportar y como resultado de las carencias en el desarrollo. De esta manera, los padres verán en estas crisis el fracaso del hijo ideal de su mente. Las expectativas rígidas sobre su hijo, no son cumplidas por éste.

En este sentido es que se plantea el ambiente de las reuniones multifamiliares como posible facilitador del redesarrollo de los procesos psíquicos de los padres. Se observa que los adultos ponen a prueba a los terapeutas y participantes de las reuniones de Psicoanálisis Multifamiliar como si estuvieran desplegando la misma desconfianza que han experimentado con sus propias familias. Por ello se toman el tiempo para asegurarse que su sufrimiento sea escuchado y alojado sin prejuicios, que tanto los terapeutas como los demás participantes, puedan tolerar la confusión, la falta de sentido, y que nadie va a rellenar esos vacíos con teorizaciones. A través de esta seguridad es posible confiar en el ambiente y desplegar los conflictos para que, y mediante el trabajo sostenido, la salud psíquica empiece a surgir. Claro está que este trabajo no será tarea sencilla, hace falta que el sujeto pueda conectarse con las vivencias traumáticas para trabajarlas e ir logrando el proceso de desarrollo psico-emocional. También, resulta necesario que el paciente “se dé cuenta” de los modos de relacionarse que tiene para poder trabajarlos y generar nuevas maneras de vincularse más comandadas por él mismo y no por las interdependencias patógenas que lo habitan.

El fortalecimiento del yo es esencial ya que los recursos que genera en el ambiente facilitador, permite a su vez generar mejores modos de relacionarse entre los miembros de la familia. De esta manera, la modificación de los vínculos patógenos entre padres y adolescentes es importante para que los últimos puedan realizar sus procesos de desarrollo propios de la adolescencia.

Conclusiones

De acuerdo a lo desarrollado en el análisis de esta tesis, se podría concluir en que los vínculos atraviesan continuamente al sujeto. Este también contribuye a la

construcción de los mismos y a los efectos que esta interacción tiene en la trama familiar, en los procesos de constitución y desarrollo psíquico.

La familia como primer contexto que habita el bebé posee gran influencia en la construcción de su psiquismo pues provee las primeras representaciones que, luego, el adolescente tomará como referencia para realizar sus trabajos de metabolización de lo puberal. El trabajo llevado a cabo en la adolescencia otorga lugar a lo imprevisto y brinda espacio para la creatividad y lo novedoso.

Desde las primeras interacciones madre-hijo y a lo largo de toda la vida, el adolescente se encuentra atravesado por la trama familiar actual y transgeneracional. En este sentido, los modos de relacionarse en la familia, los vínculos de los padres con sus antecesores, y las expectativas que tienen los padres sobre su futuro hijo son algunos de los factores que afectan el desarrollo de los procesos psicológicos del adolescente. Muchas veces, estos aspectos vienen heredados de generaciones pasadas, no son procesados satisfactoria o adecuadamente, provocando así, vínculos y consecuencias que podrían ser perjudiciales para el desarrollo sano de la adolescencia.

En este sentido, la adolescencia es un proceso de constitución psíquica que debería modificar lo heredado y preestablecido. Cuando estas transformaciones no puedan llevarse a cabo, se verán detenidos u obstaculizados los trabajos psíquicos propios de esta compleja etapa. Frente a esto, el dispositivo psicoterapéutico grupal de Psicoanálisis Multifamiliar se ofrece como un espacio donde la inclusión de un otro o de otros, como un tercero, brinda la ocasión de generar recursos yoicos que permitan, tanto a los padres como al adolescente mismo que concurren a las reuniones grupales, y posibilita desarrollar nuevos trabajos psíquicos que no se han podido llevar a cabo anteriormente. Las reuniones Multifamiliares proveen la oportunidad de que, a través de un proceso psicoemocional, el Yo produzca recursos en un ambiente más saludable, pues contribuirá a una mejor individuación y posteriormente posibilitará la salida a la exploración propia de la adolescencia.

El trabajo que implica la producción de recursos yoicos deberá realizarse de manera constante, ardua y prolongada en el tiempo. La ayuda de los elementos propuestos por esta modalidad de trabajo psicoanalítico grupal, la manera de darle relevancia a la trama, y la consideración de la complejidad que tienen los fenómenos humanos, posibilita un desarrollo psicoemocional más saludable si se logra un proceso psicoterapéutico satisfactorio. Cabe destacar que las reuniones de

Psicoanálisis Multifamiliar muchas veces funcionan, además, como complemento de un proceso psicoterapéutico individual.

Bibliografía

Aulagnier Castoriadis, P. (1977). Primera parte. Del pictograma al enunciado. En P. Aulagnier Castoriadis, La violencia de la interpretación. Buenos Aires: Amorrortu.

Badaracco, J. G. (1998). El mundo de las interdependencias. En M. E. Mitre, Jorge García Badaracco. Selección de trabajos (Volumen 3). Buenos Aires: Asociación Psicoanalítica Argentina.

Badaracco, J. G. (2000). Los otros en nosotros y el descubrimiento del si mismo. En J. G. Badaracco. Buenos Aires: Paidos.

Bar, G., Jones, A., Matthews, S. V., Suarez Johnson, L., & Vallejo, H. (Mayo de 2016).

www.babelpsi.com. Obtenido de http://www.babelpsi.com/imagenes/atenas_ES.pdf Blanco, C., & Suárez, G. (2018). Violencia vincular en la grupalidad familiar. En A. Grassi, & Córdova, Territorios adolescentes y entretiempo de la sexuación (págs. 158-163). Buenos Aires: Entreideas.

Cerneaz, F. (2017). Sistema Académico. Facultad de Psicología – UBA. Recuperado en noviembre de 2019, de El dispositivo multifamiliar. Su funcionalidad para abordar la trama familiar inconsciente: file:///C:/Users/Camila/Downloads/361547340-432.pdf

Córdova, N. C. (2018). Introducción. Las adolescencias que nos interrogan. En A. Grassi, & Córdova, Territorios adolescentes y entretiempo de la sexuación (págs. 11-13). Buenos Aires: Entreideas.

Diaz, M. C. (2017). Sistema Académico – Facultad de Psicología (UBA). Recuperado en noviembre de 2019, de file:///C:/Users/Camila/Downloads/364418470-744.pdf

Freud, S. (1895). Proyecto de Psicología. En S. Freud, Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1899). La interpretación de los sueños. En S. Freud, Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1905). Tres ensayos de una teoría sexual. En S. Freud, Obras completas.

Buenos Aires: Amorrortu.

García Badaracco, J. E. (1978). La familia como contexto real de todo proceso terapéutico. En M. E. Mitre, Jorge García Badaracco. Selección de Trabajos (Volumen 1) (págs. 165-174). Buenos Aires: Asiciación Psicoanalítica Argentina.

García Badaracco, J. E., & Zemborain, E. (1979). El «Complejo de Edipo» a la luz de la experiencia clínica con pacientes psicóticos. En M. E. Mitre, Jorge García Badaracco. Selección de Trabajos (Volumen 1) (págs. 193-228). Buenos Aires: Asosciación Psicoanalítica Argentina.

Grassi, A. (2000). Lo originiario. Un aporte a la conceptualización de integración psicosomática y subjetividad. Ficha de cátedra.

Grassi, A. (2009). Adolescencia: reorganización y nuevos modelos de subjetividad. Revista Actualidad Psicológica.

Grassi, A. (2010). Anexo ficha: Metamorfosis de la pubertad. Ficha de cátedra.

Grassi, A. (2013). Metamorfosis de la pubertad: el hallazgo (?) de objeto. El entretiempo adolescente. En A. Grassi, Entre niños, adolescentes y funciones parentales.

Buenos Aires: Entreideas.

Grassi, A., & Córdova, N. (2010). Parte I: El entretiempo adolescente. En A. Grassi, & N. Córdova, Entre niños, adolescentes y funciones parentales. Psicoanálisis e interdisciplina. Buenos Aires: Entreideas.

Gutton, P. (1993). Lo puberal en sus orígenes. En P. Gutton, Lo Puberal. Buenos Aires: Paidós.

Laplanche, J., & Pontalis, J.-B. (1996). Diccionario de Psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós. Matthews, S. V. (2018). Grupos de psicoanálisis multifamiliares. En A. Grassi, & N. Córdova,

Territorios adolescentes y entretiempo de la sexuación (págs. 168-172). Buenos Aires: Entreideas.

Matthews, S. V. (2018). Nuestro quehacer actual. www.Babelpsi.com. Obtenido de https://www.babelpsi.com/imagenes/PDF/Matthews%20Winnicott.pdf

Mitre, M. E. (2016). Funcionar como terceros. En M. E. Mitre, Las voces del silencio. Buenos Aires: Sudamericana.

Otero, M. E. (2008). Visitando a Piera Aulagnier. Ficha de cátedra.

Otero, M. E. (2018). Territorios adolescentes. Cartografías de un devenir. En A. Grassi, & N. Córdova, Territorios adolescentes y entretiempo de la sexuación (págs. 47-53).

Buenos Aires: Entreideas.

Otero, M. E. (s.f.). Las escrituras (in) visibles de la violencia. Ficha de cátedra.

Otero, M. E., Altobelli, H., & Guaragna, A. (2011). El devenir niño y adolescente. Violencia, funciones parentales y sus efectos de poder. VI Jornadas de Jóvenes Investigadores. Instituto Gino Germani. Buenos Aires.

Vallejo, H., Bar, G., Garfinkel, G., & otros. (2010). Reuniones de Psicoanálisis Multifamiliar en el Sanatorio polivalente «Dr. Julio Méndez». Clínica Hospitalaria Actual y Psicoanálisis: Abordajes y Desafíos. Buenos Aires: Asociación Psicoanalítica Argentina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *