Exilio, exposición traumática continua en tiempos de pandemia y de guerra en Ucrania: encuentro con Tánatos y reactivación del trauma. El psicoanalista en el espacio social
Karine Henriquet 1
1 Psychologue Clinicienne et Psychanalyste française. Membre de la Communauté BabelPsy.
El presente artículo constituye una traducción al español del trabajo original en francés de Henriquet, K. (2022), Exil, exposition traumatique continue en période de pandémie et de guerre en Ukraine : rencontre avec Thanatos et réactivation du trauma. Le psychanalyste dans la cité, publicado en Resonantia, Nº 2 (noviembre), pp. 23–54. El texto original puede consultarse en línea en: https://babelpsi.com/resonantia/
Abstract
La autora retoma los acontecimientos recientes y de actualidad relacionados con la pandemia del Covid-19 y la guerra de Ucrania; interroga lo que está en juego y las consecuencias psíquicas de estos acontecimientos. Las poblaciones afectadas han vivido experiencias traumáticas. Se trata de una oportunidad para reflexionar sobre los procesos en curso en una sociedad depredadora y desvinculada, donde el ultrautilitarismo y el mundo digital ocupan un lugar en el espacio social. ¿Qué reconocimiento se otorga a la demanda de un sujeto? ¿Qué responsabilidad, compromiso y principios tendría el psicoanalista ante poblaciones exiliadas o en situación de reactivación traumática frente a la ausencia inicial de una figura de ayuda? ¿De qué manera dispositivos como el psicoanálisis multifamiliar, así como las nuevas formas de vinculación bajo el signo de lo háptico, del «estar con» y del «estar juntos», testigos, presentes, conducirían a una reapropiación de la experiencia colectiva e individual? Estas interrelaciones e interconexiones ofrecerían un potencial de subjetivación, de simbolización creativa y de historización como resistencia ante el encuentro con un Tánatos reconocido y particularmente exacerbado por la superposición de las múltiples crisis actuales.
PALABRAS CLAVE: Guerra, Migración, Multiculturalidad, Psicoanálisis, Psicoanálisis Multifamiliar, Exilio, Trauma, Pandemia.
«Es la iniquidad y la singularidad de esta violencia lo que debemos descifrar, desentrañar, aliviar y cuidar, con la modestia de quien sabe que la historia no se puede reescribir, y con el ideal de que este cuidado es un camino hacia la paz (…) La medida justa del cuidado es el ‘hecho a medida’. A la persona que ha quedado completamente desnuda, cuya existencia pende de un hilo, nos corresponde vestirla con el traje más adecuado, para ayudarla a vivir el resto de su historia.”
– Antoine Ricard, presidente del Centro Primo Levi.
Tras dos años de pandemia y el periodo de confinamiento, ¿cómo viven hoy las poblaciones exiliadas y migrantes la situación actual?
Los conflictos sucesivos de los siglos XX y XXI conducen al psicoanalista a reinterrogar y repensar su práctica y su implicación. ¿Quién de nosotros no ha encontrado, en su consulta o en la institución donde trabaja, a un paciente con una historia de vida marcada por el trauma y atravesada por experiencias de exilio real o psíquico? La experiencia actual vinculada al Covid, sumada a la vivencia colectiva que todos atravesamos, podría asemejarse a una distopía, dada la sensación de irrealidad -por momentos asombrosa- que muchos de nosotros hemos experimentado. Desde la ciencia ficción de lo irrepresentable o lo indecible, es muy difícil calificar lo que se inscribe e irrumpe en nuestra psique.
El ser humano puede atravesar largos períodos de su vida sin enfrentarse a la impresión de que la muerte es inminente. Habitualmente, estas experiencias se viven en otros contextos, en un país en guerra, en medio de conflictos étnicos, políticos o religiosos, por ejemplo. Las dictaduras y los totalitarismos hacen estragos en la psique, destrozando el anclaje individual de la población. Desde la pandemia, ¿no hemos estado nosotros mismos habitados en algún momento por esta cuestión del peligro o la muerte inminente? Esta es una cuestión esencial.
Ser conscientes de nuestra finitud y mortalidad y ver la sombra de la muerte infiltrándose en todos los espacios colectivos, observándola acercarse a un ser querido o a uno mismo, no es en absoluto lo mismo. Así, la pandemia es un hecho actual, al igual que la guerra en Ucrania, una de cuyas zonas de guerra, como Kherson, está a sólo 2500 km y veintitrés horas de distancia de donde estoy escribiendo. Esto debería impulsarnos a interrogar lo impensado e inédito de lo que estamos viviendo; se trata también, a mi entender, de un acto de simbolización tanto colectiva como individual. Resultó pertinente explorar el impacto y la incidencia que estas nuevas formas de crisis acumulativas y continuas pueden tener en sujetos ya traumatizados.
¿Cómo se acompaña a un paciente que ha sufrido múltiples traumas y duelos irrepresentables?
Dado que se trataría de un viaje migratorio donde la destructividad y la deshumanización son centrales, sabemos que la propia identidad del individuo se ve fuertemente puesta a prueba. ¿Podríamos hablar de una clínica de lo extremo sin que el propio término nos envuelva en algo que sería del orden de la fascinación, de la seducción? ¿que se relacionaría con el posible trauma? Con las poblaciones exiliadas, como con muchas personas que han sufrido una experiencia traumática, nos proyectamos por tanto en una atmósfera fuera de lo común, entre Eros y Tánatos, entre los vivos y los muertos. La sobre-vida es un tema central, así como la cuestión del trauma intencional compartido y el resurgimiento de catástrofes y ansiedades pasadas.
La superposición de acontecimientos actuales, como la pandemia, la guerra de Ucrania y las consecuencias económicas que se derivan de ellas, sacan a la luz los traumas anteriores de cada persona si no han sido suficientemente simbolizados. Con los sujetos exiliados, traumatizados por acontecimientos de violencia sin precedentes, el psicoanalista tendría entonces que identificar, a través de una relación transferencial particular, cómo el yo del sujeto enfrenta la reactivación del trauma. También encontraríamos la necesidad de ser en ese momento una figura auxiliadora (Freud, 1895) que actuará como lugar de depósito, lugar de préstamo del aparato de pensamiento. Uno de los objetivos sería ofrecer un espacio de transformación y, al mismo tiempo, proporcionar contención psíquica mientras se acompaña al sujeto para que la experiencia sea nombrable, traducible, compartible y asimilable para el psiquismo. Esto favorecería la reactivación de un proceso habitual de producción de significados y actividad de simbolización, al tiempo que haría que la experiencia fuera historizable y compartible. No podemos prescindir de la historización de las huellas y los vestigios de la historia como complemento del trabajo de rememorar.
Además, parece esencial que el sujeto pueda acceder a una forma de representación de la re-presentación como nos transmite René Roussillon desde toda su elaboración metapsicológica en torno a la actividad de simbolización. «Puede que no baste con que la reinvestidura de la experiencia sea sólo moderada para que se experimente subjetivamente como una representación, sino que se requiera una transformación cualitativa y no sólo cuantitativa. (…) En otras palabras, la experiencia pasada siempre se re-presenta, lo que a veces falla es que esta re-presentación se capta como tal, se refleja como tal, como representación. Aquí es donde el pensamiento sobre la génesis de la representación experimentada subjetivamente como tal ya no puede conformarse con ser pensado sólo dentro de una concepción solipsista que sólo requeriría la ausencia del otro; aquí es donde quizás también sea necesario hipotetizar experiencias específicas de la propia actividad representacional, experiencias capaces de reflejarla. (…) La focalización en la única dimensión del ‘aquí y ahora’ de la transferencia en detrimento del necesario trabajo de historización y ‘recomposición del pasado de los años olvidados’ (…) deja fuera toda la importancia del ‘aquí y ahora’. (…) deja de lado toda la importancia del trabajo de re-presentación, de puesta en representación que se lleva a cabo en la historización precisa del sujeto, amputa al psicoanálisis de una parte del trabajo esencial y fundamental de la representación del origen del yo y por lo tanto de la representación de la representación misma, de la representación de la representación como pivote del análisis de los impasses del narcisismo, de los impasses del trabajo del duelo” (Roussillon, 2003). Siempre hay simbolización, incluso en una aparente no simbolización, este es un elemento esencial que hay que recordar.
De la conmoción al trauma, aspectos acumulativos, dinámica continua, estado de la cuestión, observación de la situación actual... El psicoanalista como portador de valores de humanidad y de una ética de la hospitalidad.
Francia se vio profundamente afectada por los atentados terroristas de 2015 y estábamos lejos de imaginar entonces que un acontecimiento colectivo de tal magnitud como la pandemia marcaría una pausa en nuestros hábitos, en nuestra vida cotidiana y al mismo tiempo nos tomaría por sorpresa simplemente por las medidas de protección política ordenadas.
Seguimos sufriendo los efectos de la pandemia de 2020 y la guerra de Ucrania anunciada a finales de febrero de 2022 ha sido asombrosa en cuanto a la escala de la cobertura mediática, sus motivaciones, las fantasías que surgen de ella y la calidad de la implicación de los distintos países más o menos involucrados. Unos meses nos separan del inicio del conflicto y éste es quizás el tiempo necesario para poder evocar este tema de la experiencia traumática y la reactivación de un posible trauma para las poblaciones exiliadas.
Sabemos que dos personas que hayan vivido o presenciado las mismas escenas de violencia no quedarán idénticamente traumatizadas. Detrás de todo esto está la singularidad de cada persona y la imposibilidad de generalizar. Sin embargo, las experiencias traumáticas tienen un poder desorganizador, desafiliando y desarmando al sujeto. El trauma provoca una ruptura del vínculo con los demás y con el mundo. «En nuestra clínica, preferimos utilizar el concepto de desafiliación, que tiene la ventaja de alejarse de una concepción de pérdida e introducir una posible reversibilidad en la lógica del fenómeno trauma/vínculo social. Este concepto nos sitúa, por tanto, del lado del proceso y de lo vivo» (Maurin, 2018).
Para Olivier Douville, «el trauma más allá de la repetición sería también un esfuerzo por mantener la promesa de que un auxiliador sigue vivo (Douville, 2022). «La catástrofe atrae al público y la noción de trauma sigue siendo anfibológica. De ahí su encanto, pero también la gran dificultad para aprovecharla. Una teoría expeditiva piensa que el trauma es estructuralmente un encuentro con un exceso, con algo que no puede ser simbolizado. (…) la noción de ‘shock’ y luego la de ‘estrés’ tienen el efecto de diluir considerablemente el término ‘trauma’, que abarcaría entonces cualquier lesión física o moral, cualquier daño. Es cierto que esta fusión de shock y trauma facilita la promoción de ideologías victimistas. Repitámoslo: hay algo en el trauma que no puede reducirse a nada que sea un modelo puramente reflexivo. La experiencia traumática no se desencadena inmediatamente después del impacto, (…) se cristaliza en la estasis, a menudo en modo melancólico, a veces en modo paranoico, cuando el sujeto ya no puede encontrar un semejante en el que creer o que crea en él, cuando los poderes de la palabra se erosionan por falta de un otro en el que apoyarse, un otro que utilice la palabra para garantizar que una experiencia de comunidad sea todavía posible para el sujeto» (Douville, 2003).
Desde nuestra posición de psicoanalistas, siempre es difícil, casi imposible, hablar de esos acontecimientos traumáticos sin apegarse demasiado al objeto, fascinarse o quedarse pasmado. Sería tentador generalizar y confundir las nociones de shock y trauma, que deben diferenciarse. El ejercicio de escuchar y escribir es aún menos fácil de lo habitual cuando nosotros mismos compartimos la misma experiencia colectiva que nuestros pacientes. Me parece que tenemos una posición muy esencial con nuestros pacientes, que es la de ser testigos, aunque la asimetría sea reducida, porque podemos estar compartiendo el mismo barco con tonos de ansiedad similares. Así, podemos participar en la experiencia colectiva y, al mismo tiempo, ser testigos que comparten la experiencia real de un paciente. Este es un enfoque interesante. Es una realidad que todos conocemos y que más o menos ya hemos experimentado. Muchos de nosotros, según nuestras experiencias infantiles, nuestras vivencias, nuestro modo de relación con nuestros primeros objetos, el contenido del trabajo analítico realizado, nos hemos visto pensando en este punto de desviación asimétrica, la relación con el goce individual y la acumulación de experiencias colectivas, así como el compromiso en la contratransferencia.
También podríamos reflexionar y pensar en cómo esta adición de experiencias potencialmente cargadas de trauma podría reactivar el trauma en las poblaciones exiliadas o migrantes. «En esta clínica del trauma, vemos cómo las posibilidades terapéuticas son interdependientes de las condiciones de la realidad concreta de los pacientes. Para estar conectado con los demás, con el mundo, se necesita un lugar, una dirección, una ubicación. Para afiliarse a los demás, uno debe sentirse acogido como un semejante» (Maurin, 2018). Se trata, pues, de significar que el psicoanalista puede llevar naturalmente en su interior valores de humanidad, pero también el de una ética de la hospitalidad con la ambición de «restituir al hombre en su capacidad de elección, en su libertad, en su capacidad de actuar sobre el mundo» que sería «tan esencial como alimentarlo, cubrirlo o cuidarlo» (Martin, 1995).
Entonces, ¿cómo podemos acoger a las familias, incluidas las de Ucrania?, ¿Cómo podemos acompañarlas y ofrecerles un lugar de hospitalidad, un lugar donde depositar y transformar su experiencia traumática? La cuestión de la acogida no tardó en surgir, cuando ya teníamos poblaciones exiliadas en nuestro territorio que se enfrentaban a los primeros anuncios e imágenes que provocaban ansiedad en la prensa, la televisión y las redes sociales.
En cuanto los medios de comunicación anunciaron el conflicto en Ucrania, algunos pacientes de familias exiliadas me contaron sus angustias, sus preocupaciones y, sobre todo, su imposibilidad de poder nombrar con precisión la emoción que estaban experimentando en ese momento. Todos habíamos vivido ya esta experiencia con el Covid, en la que tuvimos que ajustar nuestros marcos psicoterapéuticos y analíticos para dar cabida a las angustias y a las diferentes experiencias, e incluso a los silencios, la estupefacción y el retraimiento de algunos pacientes que tenían dificultades para calificar esta experiencia de la pandemia.
Los recursos individuales de la población se redujeron gradualmente como resultado de la sucesión de diferentes crisis. Este tipo de experiencias modifican el sentimiento de continuidad de la existencia y pueden provocar una ruptura en el sentimiento de ser que, para ciertos sujetos, forma parte de la repetición al mismo tiempo que se repite el trauma. Por lo tanto, encontramos un carácter continuo a esta ruptura.
Como una carrera de maratón, pero con algo de la urgencia constante y el peligro inmediato de un futuro incierto, fuimos convocados a soportar múltiples pruebas durante un tiempo indefinido sin el suficiente respiro para recargarnos libidinalmente hablando. Es difícil reconstituir nuestros recursos psíquicos o contar con ellos a partir del momento en que se produce una sucesión de acontecimientos que dan lugar a la idea de una amenaza inmediata y constante. Se pretende entonces que el trauma tenga una intensidad continua, como la que observamos en las situaciones de violencia intrafamiliar (Henriquet, 2021). Sabemos que el miedo unido a la intensidad de un acontecimiento traumático facilita el desarrollo de trastornos mentales. Clásicamente, tenemos una capacidad emocional de adaptación, pero tras dos años de pandemia, numerosas medidas políticas, sanitarias y económicas, la población no ha tenido respiro.
Ucrania vino a hundir el clavo, presionando sobre la herida y el agujero abierto causado por el traumatismo inicial. Por ello, la salud de los europeos, pero también la de las personas que han sufrido la migración o el exilio, es mucho peor. Hemos visto que el estado de salud se deteriora en la población de edad avanzada, en los adolescentes y en los más jóvenes en fase de latencia. Muchos niños tuvieron que ser hospitalizados por actos espectaculares y ruidosos de auto o heteroagresión, e intentos de suicidio. Los servicios de pediatría y psiquiatría infantil no tenían suficientes camas ni personal disponible. Al día de hoy, la salud mental de los niños y adolescentes sigue siendo motivo de gran preocupación. El tiempo de espera para ser atendido ha aumentado y no todos los pacientes pueden beneficiarse de la atención, a menos que sea de carácter urgente, cercana al triaje, como ocurre en la medicina de guerra o en la unidad de cuidados intensivos. No es posible atender todas las solicitudes.
La población, que ya era más o menos frágil o vulnerable, con bases narcisistas relativas, pone en evidencia dificultades masivas, signo de un verdadero malestar dirigido a las instituciones médico-sociales, jurídicas y médicas, sin que éstas puedan acoger el depósito de la angustia. Estas instituciones están a su vez bajo presión debido a la falta de personal o por renuncias o por baja por enfermedad, ya que la crisis se ha infiltrado en todos los ámbitos de la sociedad. Se están produciendo numerosos suicidios, debido a la falta de cuidados posibles o a la ausencia de una figura auxiliadora, que se recogen regularmente en la prensa, los informativos de televisión y las redes sociales.
Hasta la fecha, las cifras de la OMS muestran un aumento del 30% en los trastornos depresivos y alrededor del 25% en los trastornos de ansiedad. No sabemos qué pasará dentro de seis meses. El conflicto ucraniano tendrá también las máximas consecuencias sobre la salud mental por el efecto singular pero también acumulativo que representa sobre una población ya frágil. Los actos heteroagresivos y de incivilidad dirigidos contra los demás están claramente en aumento.
Desde hace más de dos años, los medios de comunicación transmiten información traumática en bucle, lo que extrañamente atrae a quienes tienen experiencias traumáticas. Una mayoría de la población, la más ansiosa, la más narcisista, pasa horas frente a la pantalla del televisor escuchando la ruidosa y asombrosa información que penetra en el hogar a través de este medio. Detrás de la búsqueda de información, podemos cuestionar el intento de representar el trauma. Este hábitat, la representación de la psique individual y familiar, el último bastión de la seguridad, había sido enormemente investido, por la fuerza y bajo coacción, durante este período que hemos llamado el primer encierro. En ese momento, el director general de Salud, miembro del consejo de administración de Santé Publique France y médico infectólogo, Jérôme Salomon, contaba el número de muertos diario en el telediario de las 20 horas. Este antiguo director internacional del Instituto Pasteur, que fue despedido por el Instituto por motivos graves, entró en nuestros hogares a través de la pequeña pantalla, en un momento de alta audiencia, durante la cena familiar. El hogar, ese lugar investido, «un lugar de descarga de las ansiedades primitivas», se había convertido para la mayoría de nosotros en «el garante de un punto de referencia estable que permite la investidura de un mundo exterior” reglamentado e inquietante (Bass, Cuynet, 2018). Muchos de nosotros estábamos bajo una especie de arresto domiciliario según las leyes y decretos vigentes, algunos en la negación de la realidad y otros inmersos en las ansiedades más mortíferas, provenientes de las experiencias más deletéreas de la primera infancia o traumáticas.
Rápidamente se pusieron en marcha los permisos de circulación y los certificados para ser entregados a las autoridades en caso de control y para salir de nuestras casas, ya sea para una salida regulada de una hora o para ir a comprar comida, al médico y a las sesiones de psicoterapia o análisis. Se establecieron muchas comparaciones y similitudes con el periodo de las dos guerras mundiales, de la peste. Camus fue ampliamente compartido en las redes sociales. Los cuidadores, las enfermeras, los bomberos, los conductores de ambulancias y todos los profesionales que podían salir a trabajar eran considerados «esenciales», algunos de ellos requisados por el gobierno, mientras que para sus vecinos eran vistos como portadores de una muerte segura. Podrían ser «supercontaminantes». Hubo muchos actos de incivilidad durante este periodo, tras un periodo inicial de solidaridad en el que la gente golpeaba las cacerolas para agradecer su compromiso con la población.
Entonces quedamos reducidos a la condición de prisioneros en nuestras propias casas por el bien de nuestra salud y para evitar participar en la propagación natural de este virus invisible transmitido por el aire y las vías respiratorias. Se esperaba que todos participáramos en el esfuerzo colectivo de la «guerra». Adulto o niño, ¿cómo no fantasear en tales circunstancias? Ser propagador de la muerte, matar a los seres queridos, ser portador del virus, estar contaminado, enfrentarse a nuestra propia finitud y tener que comprometerse con el trabajo de morir en una emergencia. El punto de partida del trabajo de morir es el elemento inevitable e insuperable de la muerte que viene (De M’Uzan, 1977). «Es una obra desde el ángulo de la muerte, que es como el agente misterioso de los procesos. (…) La muerte está presente psíquicamente en forma de miedos, preocupaciones, pero al mismo tiempo escapa a las representaciones que no pueden cubrirla por completo. Si normalmente se mantiene a raya por las barreras de la ignorancia, el azar de un encuentro puede producir una colusión entre un elemento de la realidad actual y la actividad interior (Maillard, 2008).
Durante muchos meses estuvimos en la niebla; con cada nueva oleada, la luz al final del túnel parecía hacerse más tenue. Estábamos empezando a poder mirar al futuro con optimismo y a retomar una vida normal, y entonces los nubarrones oscuros se cernieron de nuevo sobre nuestro futuro. Esta falta de perspectiva es un importante factor negativo para nuestra salud mental. Con la pandemia, aunque no fueron 100% efectivas, pudimos aplicar medidas sanitarias para intentar protegernos del peligro. Este no es el caso de la guerra en Ucrania. No es posible controlar el curso de los combates, la extensión del conflicto o el uso de armas nucleares. La población se encontró, al menos fantasmagóricamente, a merced de un personaje incontrolable, un enemigo. Sin entrar en los detalles de la crisis, ni definir las responsabilidades de las distintas partes, las alianzas y los pactos invisibles, la población quedó entonces sumida en un estado de impotencia y los sujetos exiliados vieron resurgir el fantasma de las guerras, los genocidios o la huida de los regímenes totalitarios. Sabemos que este telescopio de experiencias pasadas y presentes es un factor desfavorable para la salud mental de un individuo.
¿Hay personas más frágiles y con más riesgo que otras? Dinámica de la barbarie, figuras de terror, experiencia traumática, exilio y ausencia de una figura auxiliadora.
Una guerra, un conflicto, una crisis, una pérdida, a veces despiertan viejos demonios bien encerrados en una bóveda hermética. Europa tiene una memoria colectiva de las dos guerras mundiales de 1914-1918 y 1939-1945, pero también de la guerra de Yugoslavia, de la que los franceses se sentían más alejados porque no les afectaba realmente, no les afectaba personalmente. Francia está poblada por descendientes de estas guerras y por personas que se refugiaron en nuestro territorio huyendo de sus países de origen. En todos ellos es probable que resurjan los traumas, encubiertos, amnésicos o más o menos simbolizados. Con la experiencia acumulada de los atentados, la pandemia mundial y la guerra de Ucrania, tenemos un verdadero caldo de cultivo para la reactivación del trauma. No olvidemos tampoco a los profesionales comprometidos en los campos de batalla, como los militares y los trabajadores humanitarios, que también tuvieron que enfrentarse, en su lugar y en su papel, al horror que se desarrollaba y se presentaba ante sus ojos. Para todos ellos, ver el número de muertos diario en las noticias de la televisión, las imágenes de los cuerpos transportados en camiones militares a las afueras de Bérgamo (Italia) por falta de lugares «refrigerados» en las cámaras de enterramiento, o las de Ucrania con, como hemos visto, el descubrimiento de fosas comunes, puede devolver al individuo a la experiencia traumática original. Son figuras del horror, de la barbarie, de la pulsión de muerte actuando ante nuestros ojos, sin ningún filtro. También me gustaría aportar la idea de que más allá de todas estas poblaciones, esta guerra actual en Ucrania y la pandemia han hecho vulnerables a personas que también han sufrido un trauma psicológico. Tienen en común experimentar graves inhibiciones y angustias importantes. La cuestión del trauma en la clínica actual se considera vinculada a la existencia de una relación de objeto inapropiada e indisponible. Esto lleva entonces a la constitución de un objeto interno patógeno, no contenedor, sin función alfa y capacidad de rêverie, presencia auténtica, confiable y segura (Bion, 1962). Como sabemos, no es la magnitud del trauma lo que hace al trauma, sino el hecho de haberlo vivido y de no haber tenido una figura auxiliadora (Freud, 1895).
Hablar también de exilio es evocar la cuestión de la tortura y la violencia que podríamos calificar de política. Entonces, las instituciones, los gobiernos, no permiten ninguna reelaboración del acontecimiento. Es común observar el fenómeno de la impunidad total, que se refiere al borrado completo de un sujeto que es objeto de abuso y es el títere de otro dentro de una relación utilitaria. Los exiliados han tenido que enfrentarse a la muerte de familiares y amigos, a la destrucción de hogares y de puntos de referencia geográficos. Son los testigos, los portavoces de una experiencia que nos revela la posibilidad de que un Mal hacia, sobre y en el otro, pueda ser llevado a cabo con intención de forma totalitaria y perversa. Estas experiencias proyectan a los individuos en una nomad(s)land, fuera de lugar, fuera de la zona de no-zona, a veces al borde de la locura, fuera de cualquier posibilidad de sentido. La violencia vivida se ha interiorizado, rompiendo el sistema de paraexcitación y la seguridad interna del sujeto. El trauma es individual pero también se experimenta en sincronía con el colectivo. Se transmite a través de una doble herencia, intergeneracional y transgeneracional, a través de contenidos elaborados y en bruto. «(…) Lo que se transmite no es sólo lo positivo. Hoy sabemos mejor que lo que se transmite, en la transsubjetividad de las generaciones, de las parejas y de los grupos, es lo que está en falta, lo que falta, lo que no se ha inscripto, porque la inscripción ha sido impedida, lo que ha sido desmentido, reprimido o forcluido: al precio de un asesinato silencioso, al precio de un blanco, de un agujero, de un eclipse del ser» (Kaës 1989).
Algunas poblaciones no habían vivido ninguna guerra; sólo sus padres y abuelos habían huido de sus países, habiendo experimentado posteriormente la errancia y la precariedad, antes de que la mayoría de ellos lograra integrarse, viviendo y trabajando, desarraigados, entre dos culturas y en condiciones relativas, a veces dramáticas. Muchos habían perdido sus casas, sus tierras, sus posesiones y sus objetos personales cuando salieron de su país de origen, más o menos preparados. Muchos habían tenido que aprender una nueva lengua y enterrar la original, hablándola sólo en el círculo íntimo de su familia.
Para cada uno de estos pacientes, los puntos de similitud constatados fueron la falta de figuras auxiliadoras, la exposición repetitiva a situaciones violentas, traumáticas, inciertas e inseguras, una reactivación y un acontecimiento inaugural, una descompensación somática, un accidente cerebrovascular, una cardiopatía, una hipertensión, trastornos del sueño y reminiscencias, en particular para los que acompañé en el marco del estatuto de la OFPRA y de los refugiados políticos. La lesión psicológica está desfasada respecto a la irrupción violenta en el cuerpo, a la herida y, por lo tanto, al daño corporal. El trauma induce la experiencia de pérdida de la propiedad del cuerpo, que se vinculará a la cuestión de la toma de rehén que desarrollaré un poco más adelante. El sujeto está borrado, denegado, desaparecido, sin identidad, sólo el cuerpo se expresa. «El acontecimiento, en primer lugar. La destrucción fulminante del cuerpo servía como soporte imaginario del cuerpo del sujeto. El daño es a menudo muy grave, y lo es aún más si las situaciones extremas de peligro llevan al sujeto, que debe adaptarse a ellas, a equilibrarse sobre reapuntalamientos y reaseguramientos especulares. (…) Debemos considerar que las situaciones de peligro extremo exigen, por parte de quienes las viven, una modificación considerable del equilibrio imaginario. (…) Qué imagen queda después de este famoso «agujero negro» que sigue al caos donde se hunde toda representación del cuerpo fulminado» (Calamotte, 2011).
Los trastornos somáticos son multiformes, masivos, a veces sutiles, discretos, ruidosos o variados. Los dolores y enfermedades, cuando existen, pueden ser inflamatorios, cardíacos o intercostales, autoinmunes, asociados y vinculados a la ansiedad. Ocupan el lugar de un sufrimiento no verbalizable que no sostiene. El impasse psíquico se expresa entonces en primer plano a través de una ruidosa señalización corporal. Los profesionales de la salud también se encuentran a menudo en un callejón sin salida, impotentes, incapaces de proporcionar sistemáticamente un alivio.
Podemos añadir a los individuos que han tenido experiencias caóticas y difíciles en la primera infancia, con traumas repetidos, en presencia de experiencias violentas continuas, sea cual sea la forma de la violencia. La neurociencia demuestra que estamos condicionados por la calidad de nuestras experiencias infantiles. Todo ello repercute en nuestros genes y en la forma de regular nuestro estrés. Si hay traumas tempranos, al sujeto le costará elaborar, filtrar, prevenir un peligro que viene del exterior y que presentará una carga traumatógena potencial.
Actualmente, los ucranianos y los habitantes de países del Este, como Bosnia-Herzegovina, Croacia, Serbia, Moldavia, Montenegro, Macedonia del Norte, Rumanía y Kosovo, entre otros, se verían especialmente afectados por los acontecimientos actuales. Los que vivieron el conflicto yugoslavo en 1990 todavía tienen familiares presentes. Después de diez años de guerra y unos veinte años más tarde, no todos se han exiliado y sigue existiendo la prohibición de volver al país, que sigue estando muy presente hoy en día para los exiliados, que suelen ser percibidos como traidores y desertores. Estas poblaciones son las más propensas a desarrollar un alto nivel de sufrimiento mental en la actualidad. La experiencia pasada radical entraría en completa resonancia y se superpondría con la experiencia presente si no se ha transformado lo suficiente. El exilio redobla el trauma si se produce en un contexto de guerra, ataques intracomunitarios o religiosos, o persecución, por ejemplo.
Ante la muerte, todo ser humano es igual a otro. Independientemente de la identidad, la clase social o el nivel de educación, todos nos enfrentamos a la muerte en diferentes momentos de nuestra vida. En estas situaciones de exilio o pandemia, el ser humano se verá sometido a un cambio de marco y de puntos de referencia, de normas, de modo de vida y de entorno. El punto central es la amenaza de muerte a la que tendrá que enfrentarse.
El cuerpo es tomado como rehén, se rompe la continuidad y el sentido de la existencia, responsabilidad del psicoanalista.
Durante las pruebas de confinamiento, se redujo la libertad de movimiento. Era imposible moverse como se deseaba. El cuerpo fue entonces tomado como rehén, al igual que la psique, aunque las normas se impusieron bajo la apariencia de protección. Aquí encontramos las mismas lógicas desarrolladas por Foucault en sus grandes obras de 1963, 1972 y 1975, incluida la de la existencia de un sujeto subyugado por el control y la dependencia: un sujeto contenido, encerrado y subyugado. Podemos abrir este modo de sujeción a toda la población, incluso si a algunos, como experimenté, se les dieran pases para circular, requisados para cumplir sus misiones públicas de cuidado, autoridad, etc.
Las defensas individuales de cada sujeto ante una sucesión de acontecimientos difieren según los perfiles individuales. Aquí, con la pandemia, la lucha no es quizás la que escuchamos a través de los diversos significantes «estamos en guerra», «el enemigo»… La psicología humana ha sido borrada en beneficio de la tecnología y la medicina, el ejército y la seguridad. Sin embargo, sabemos que, en situaciones de conmoción y violencia, es imperativo que la población sea acogida, recibida y escuchada por profesionales de la salud mental capaces de mantener una cierta forma de homeostasis psicológica.
Lo que el exilio tiene en común con la pandemia es el carácter de emergencia. Los políticos y los medios de comunicación se refieren a ambos como una «crisis». En una situación extrema, las modalidades defensivas a las que se recurre están entonces a la altura del acontecimiento. El psiquismo atemorizado, ya sea que se organice en un lado más o menos neurótico, limítrofe o psicótico, tendrá que lidiar con este choque, con la violencia de la experiencia, con el ruido y con todo lo que abrumará lo emocional y lo sensorial. Por lo tanto, tenemos la responsabilidad de prevenir cualquier oscilación hacia una patología y también de evitar el paso a la acción que firmaría la cuestión central del acompañamiento de un paciente colocado en un entorno hostil. El manejo del evento, durante y después, definirá la dimensión global del trauma que ha atravesado el paciente. Pero, ¿podemos garantizar esta postura ética y esta responsabilidad en todas las circunstancias?
Del lado del exilio, la sintomatología será entendida de manera diferente según la brecha cultural y lenguajera del terapeuta. El síndrome de repetición del trauma también puede vislumbrarse a través de estados de agitación, trances y posesiones que no le hablan a nuestra cultura y cuyas prácticas de medicina tradicional son a veces desconocidas y posiblemente consideradas en el ámbito de lo sagrado, la religión o la tradición. Sin embargo, me parece que estas prácticas ofrecen una función curativa y reparadora, como mínimo, por el efecto simbólico que tienen y por el rito realizado, la presencia de un marco y una ley. Así, según Cazeneuve, el rito «hace retroceder la amenaza, se instala en un espacio desprovisto de angustia y permite a la persona afectada familiarizarse con la amenaza, domesticarla, o incluso manipularla (magia) o sublimarla, como en la religión o los ritos seculares» (Kecskemeti, 2003). Los ritos son por tanto útiles, restablecen los hábitos, la estabilidad, de forma repetitiva.
Estas poblaciones en exilio forzoso experimentan una ruptura con su comunidad y su lengua materna, que algunos han tenido que camuflar o borrar para no ser detectados como fugitivos en su salida. Esto conduce a una importante pérdida de sentido. La filiación cultural influirá en las expectativas del individuo sobre la atención ofrecida y para todos los pacientes, sean o no exiliados. Podemos plantear la hipótesis de que la singularidad induciría una diferencia en la cultura y, por tanto, en las expectativas individuales.
Hablar de la propia experiencia, describir la experiencia traumática, es un riesgo para cualquier persona. En este caso, todos corren el riesgo de no ser escuchados ni comprendidos, más allá del simple hecho de tener que volver a exponerse al trauma. Este tipo de experiencia reposiciona al paciente, al sujeto, ante la ausencia de una figura de apoyo. La subjetividad es, por tanto, un elemento a tener en cuenta para no imponer nada y no asumir, a su vez, la figura del torturador bárbaro en el curso de la repetición, ya sea una institución estatal, un desconocido, un vecino, un familiar.
El sujeto, con una historia de exilio, está comprometido, como todos nosotros, en posiciones de anticipación cuando atraviesa una prueba como la que estamos compartiendo actualmente. ¿Cómo podemos entonces prever, controlar, dominar si el futuro es incierto y es difícil ver cómo se desarrollarán los próximos meses? Se encuentra en pleno sistema de aculturación, apartado de su entorno cultural y trasplantado a una cultura desconocida. Los equipos asistenciales se enfrentan a códigos culturales que deben al menos captar para poder acceder al sujeto. Conocemos la importancia de la presencia de la lengua materna en la entrevista. Si no tenemos la capacidad de ofrecer un espacio potencial de recuperación y transformación, será delicado llegar a una representación e historización de las diferentes experiencias generacionales y de lo que en su momento fue irrepresentable e intraducible.
Reactivación del trauma, debilitamiento del Yo (Moi), concepto de toma de rehén como protección psíquica e intento de simbolizar la experiencia de origen.
¿Habría alguna diferencia si uno ha encontrado el horror o ha sido deshumanizado en el pasado? Cuando compartí mi proyecto de escritura con una amiga psicoanalista que había estado en el exilio en la década de 1990, la riqueza de nuestras diversas discusiones alimentó mi pensamiento y nuestras conversaciones condujeron a reflexiones centrales sobre la cuestión de la toma de rehén. ¿Es ser un rehén a partir del momento en el que tenemos libertad de movimiento, pero ésta se ve obstaculizada por medidas políticas y sanitarias o por preocupaciones socioeconómicas? ¿No existiría una forma de toma de rehén psíquica ligada a la resonancia, a la reactivación de un acontecimiento traumático? La impotencia que se siente estaría entonces vinculada a la experiencia pasada de ser un rehén, un rescatado o, para algunos, un sobreviviente, donde cada persona utiliza la palabra que mejor describe lo que ha presenciado o experimentado. Durante ciertas experiencias traumáticas, nos vemos llevados a convertirnos en rehenes de nosotros mismos para poder sobrevivir ante la crueldad de los actos cometidos, que se enmarcan en la Barbarie (Rabinovitch, 2005) y (Gaillard, 2008).
El significado profundo del síntoma aquí nos permitiría entender estas partes del yo congeladas y en reanimación como un modo extremo de defensa de la supervivencia y al mismo tiempo sería un intento de recalentar un núcleo del Yo (Moi) escindido. Ésta es una hipótesis que sostengo a partir del acompañamiento de sujetos exiliados con experiencias traumáticas, organizados en una relación tiránica con el objeto. Podríamos entonces postular que si una pequeña parte del Yo (Moi) se congela, como protección para resistir al invasor externo y a la efracción y, entonces, se posiciona como rehén, sería la última protección contra la muerte psíquica. Resnik en Tiempos de glaciaciones (1999), expresa muy claramente cómo el sujeto puede entonces retirarse de la experiencia, ese momento en que «se instala la anestesia por congelación» (Resnik, 2012). Paradójicamente, al mismo tiempo, cuando el trauma se reactiva, es una repetición de la experiencia original en la que el individuo fue tomado como rehén. En este caso, estaríamos en una situación deshumanizada y totalitaria con el único estatus de ser un objeto, o incluso un objeto-no-objeto, un objeto utilitario en el sentido de Racamier (1992).
Parece que las medidas de contención relacionadas con el Covid han incrementado y puesto de manifiesto esta dimensión de la toma de rehén, que para algunos ya estaba especialmente presente, puesto que ya se habían encontrado con figuras de la barbarie en el pasado, sea cual fuera la forma concreta del encuentro. Esta modalidad era necesariamente aterradora, impuesta, violenta, deshumanizadora y relegaba al individuo a un mundo intermedio, de supervivencia. El sujeto habría tenido que enfrentarse a una pérdida total de sentido y de puntos de referencia. Por su naturaleza ligada al primer evento, el individuo «es mucho más consciente de los procesos en torno al duelo, la pérdida, así como de enfrentarse a las dificultades relacionadas con la transmisión psíquica y muchas otras cosas.” (Mesic, 2022).
Las experiencias traumáticas en este contexto acumulativo de guerra en Ucrania, inseguridad económica y pandemia, harían revivir viejos espectros de la violencia pasada. Las mentes más o menos atormentadas, con heridas psicológicas apenas suturadas, se encontrarían en grandes dificultades ante la reactivación de viejas experiencias.
La crisis sanitaria ha obligado a la gente a limitarse con la orden de «quedarse en casa» y con el lema: «Estamos en guerra». ¿Cómo pueden resonar estas palabras con las personas en el exilio, los solicitantes de asilo? No hay una muerte inminente real como la conocemos en el campo de batalla, no hay un hombre bárbaro visible. Estos individuos exiliados se encuentran atrapados entre la huida del suceso inicial y el confinamiento impuesto por la medida sanitaria. Aquellos que sufren de fantasmas traumáticos, recuerdos disociados debido al encapsulamiento de una experiencia de violación, entre otros, así como la experiencia que condujo al exilio, si no es suficientemente transformada, elaborada y compartida, se verían invadidos por el miedo y la ansiedad con dificultades para diferenciar entre lo que proviene de la experiencia pasada y la presente. El país de asilo se vuelve entonces tan peligroso como el que se huye, ya que entonces es posible encontrar la muerte. Se reviven los sentimientos de pérdida y las experiencias de abandono. La relativa seguridad externa e interna encontrada por diversos medios hasta entonces es entonces bastante relativa.
El Covid ha afectado a toda la población por sus repercusiones socioeconómicas y psicológicas. Los efectos pueden verse individualmente, colectivamente y a través de la potenciación en el desarrollo de su difusión y dispersión. Además del uso de máscaras y de lo que esto representa en las interacciones sociales, psicoafectivas y de desarrollo, tenemos aquí un terreno muy favorable para el desarrollo de una psicosis. Hemos observado mensajes contradictorios como la solidaridad, la pertenencia a una comunidad, a un grupo, con la consigna de abandonar toda oposición y las posturas individuales, pero mantener las interrelaciones. Al mismo tiempo, las medidas ordenadas llevaron a la gente a replegarse en sus propios hogares y a distanciarse de otra persona potencialmente peligrosa que era portadora del virus. El miedo al otro mezclado con la preocupante y peligrosa figura del extraño (Freud, 1919). Las poblaciones más vulnerables, incluidos los exiliados y los que han tenido experiencias traumáticas, ya sean tempranas o no, se encontraban en un verdadero conflicto, es decir, intentando pensar algo acerca del acontecimiento actual o aceptando todo lo que se dice en las diversas directivas del gobierno, denegando la actualidad, porque no es posible dar sentido a lo que se está experimentando. Observamos comportamientos de sumisión, abandono, tirar la toalla y adhesión sin reflexión para algunos. Otros tenían dificultades para orientarse y tomar decisiones en la vida (si usar o no mascarillas, decisiones sobre las vacunas). Como el Yo (Moi) ya estaba debilitado, la capacidad de tomar una decisión supuestamente correcta y benévola para uno mismo se hizo compleja.
La pandemia y la guerra, síntomas y aceleradores de los procesos de desvinculación. Cómo lidiar con lo negativo en medio de una violencia original descubierta.
Por supuesto, hay cuestiones y consecuencias psíquicas, socioeconómicas y sociopolíticas de esta crisis que, por así decirlo, como este coronavirus, se han extendido a todo el planeta. Gaïa Barbieri y Georges Gaillard (2020) demuestran cómo esta pandemia ha «exacerbado procesos que ya estaban en marcha en las sociedades contemporáneas». Esta «evaporación de la responsabilidad colectiva» de la que hablan los autores constituye «un punto de inflexión». Hemos asistido impotentes a una crisis de los espacios y lugares de territorialización, pero también a una crisis del grupo colectivo y de los metaencuadres que antes aseguraban una forma de protección, de contención, a través de la homeostasis y de las diversas alianzas, pactos denigrantes en vigor (Kaës, 2014). La pulsión de muerte está en marcha, como ya había denunciado Freud en los mecanismos que condujeron a la Primera Guerra Mundial. El malestar de la civilización es posiblemente mayor hoy en día porque los plazos ecológicos planetarios que se avecinan obligan a tomar decisiones. El miedo al cambio, la pérdida de puntos de referencia y de hábitos conducen inevitablemente al resurgimiento de impulsos morbosos y a la inevitable designación de un chivo expiatorio (Girard, 1972). Cuando un sistema falla a diferentes niveles, la violencia original resurge y llegamos a la designación de una víctima que debe ser sacrificada para desviar la violencia de todos contra todos hacia individuos y comunidades particulares. Las cartas se barajaron, se redistribuyeron y el trabajo de apropiación subjetiva de la experiencia fue difícil de lograr. El repliegue vinculado a las medidas de protección y sanidad, o incluso a las políticas de acogida forzosa, empujó a las poblaciones a reorganizarse y, por tanto, a co-crear nuevas formas de territorialización frente a la aparente desvinculación. Sin embargo, no todos los individuos lograron calificar y pasar por la experiencia de la misma manera y con las mismas modalidades organizativas.
Las redes sociales, lo virtual, los vicios y el teletrabajo fueron sobreinvestidos. Permitieron reducir la distancia, ofrecer una ventana al mundo exterior y mantener vínculos amistosos, individuales, familiares y profesionales y, por tanto, de grupo. El acto virtual era entonces una modalidad de refugio contra la depresión, una limitación de los trastornos ansioso-depresivos y la escena virtual aportaba un apaciguamiento de la angustia por la relación inducida (Rimbaud, 2018). Era una herramienta formidable para enlazar, conectar e interrelacionar.
La población, incapaz de actuar sobre el virus, se organizó a nivel colectivo para manifestarse ruidosa, alegremente y compartir juntos a las 20 horas para agradecer a los cuidadores golpeando ollas y sartenes, o durante sesiones de música realizadas desde los balcones de los demás en conciertos improvisados para los habitantes del barrio. Hubo muchos momentos de alegría compartidos en las redes sociales, que se han convertido en una herramienta de reunión colectiva e individual. ¿Podemos pensar que estas redes sociales fueron un verdadero espacio cultural utilizado como lugar de transformación de lo negativo? Se trataría de reapropiarse de la experiencia colectiva con un apaciguamiento del vínculo social afectado por el trauma. Probablemente podemos imaginar que se trataba de una forma de tomar el control del acontecimiento, que era especialmente necesaria para aquellos cuya incapacidad de moverse, físicamente como antes, traía consigo la experiencia de la limitación y la obstaculización de cualquier movimiento.
Hoy, después de muchos intentos de negar o tratar este aspecto negativo, parece que asistimos a una especie de colapso. Las instituciones sociales, jurídicas y médicas están en dificultades. La población, las parejas, las familias, una parte de la sociedad se desgarra, estalla. Hemos visto un aumento de la extrema derecha en Europa, en Francia, Suecia e Italia, por ejemplo. Se cuestiona la capacidad de tolerar a alguien que no sea uno mismo. El otro es una amenaza, la alteridad se cuestiona en favor de los principios de autoconservación. La violencia arcaica se expresa en muchos escenarios, ya sea institucional o en el ámbito privado. Esta violencia inherente al vínculo entre los humanos se expresa al aire libre. Georges Gaillard y Guy Giménez afirman que «conviene subrayar que el trasfondo de destructividad y barbarie, inherente a la constitución del sujeto (Kant, 1792; Freud, 1933; Arendt, 1951; Zaltzman, 1998), nunca se transforma totalmente, a pesar de lo que nos gusta creer. Sabemos que en gran medida se silencia en los encuadres (Bleger, 1966), y se anuda en los vínculos donde se apoya el sujeto. En particular, se vincula donde el sujeto juega sus identificaciones: el escenario de sus vínculos amorosos, y el escenario donde desarrolla su creatividad social, incluyendo centralmente (pero no exclusivamente) el escenario profesional. Una de sus expresiones privilegiadas está constituida por la vertiente mortificante del narcisismo, lo que A. Green (1983) designa como narcisismo de muerte (…) La escena institucional constituye uno de los campos privilegiados de expresión del narcisismo, por los efectos de la imagen, el poder que potencia, y la complejidad de las configuraciones en juego» (Gaillard, 2002).
Los sujetos, el público, los pacientes que recibimos en nuestras instituciones y consultas están, por tanto, atrapados en estas cuestiones de grupo y de sociedad. Estamos inmersos en «una verdadera crisis genealógica» que deja poco espacio a la subjetividad. «La hipermodernidad” promueve una cultura de gestión, una cultura de resultados y de «estrategias ganadoras», que no se preocupa de la negatividad por ser demasiado engorrosa, ni del impacto a medio y largo plazo de sus acciones, y que ignora la complejidad. La comprensión que proviene de una visión establecida bajo la primacía del inconsciente está ahora desacreditada; se convierte en la apuesta de una voluntad de ruptura con las filiaciones anteriores» (Gaillard, 2002). Esto hace que el proceso de atención sea muy complejo para todos esos millones de exiliados, pacientes golpeados por experiencias traumáticas.
La pandemia, al igual que la guerra de Ucrania, fue un verdadero acelerador de los procesos de desvinculación que ya estaban operando entre bastidores y que, sin embargo, fueron equilibrados por las funciones instituyentes de nuestras diversas instituciones. La guerra es una historia repetida por los tiranos, «cuando los padres se acostumbran a dejar hacer a los hijos, cuando los hijos ya no hacen caso de su palabra, cuando los maestros tiemblan ante sus alumnos y prefieren adularlos, cuando finalmente los jóvenes desprecian las leyes porque ya no reconocen la autoridad de nada ni de nadie por encima de ellos, entonces esto es en toda belleza y juventud el comienzo de la tiranía» (Platón, c. 375 a.C.).
Ser con y estar juntos una nueva forma de resistencia y co-creación. Los grupos de psicoanálisis multifamiliar adyacentes a la responsabilidad, el deseo y el compromiso del psicoanalista frente a las mutaciones actuales.
«Sin identificación, ignoramos al otro; sin el brillo de la diferencia, nos perdemos.” Tzvetan Todorov (1989).
¿Qué podemos aprender de todo esto…? Estamos en medio de múltiples paradojas en cuanto se trata de una experiencia calificada por algunos como extrema. Escribir, compartir, elaborar, transmitir, hacer compartible, es también un intento de representar lo irrepresentable. ¿Es realmente posible describir la experiencia de todos estos exiliados sin hacer una generalización? Parece un ejercicio difícil y una trampa en la que no debemos caer. La experiencia es subjetiva, destructiva. La pandemia y la guerra de Ucrania también debían ser cuestionadas desde el punto de vista de la destructividad y la desvinculación. En cualquier caso, era imperativo debatir esta superposición de múltiples acontecimientos que van desde el shock hasta la exposición a un trauma continuo para las personas psicológicamente vulnerables, así como para las que ya han vivido y experimentado un trauma, ya sea en forma de guerra, exilio, violación o, desde el principio, debido a la falta de una figura auxiliadora.
A nivel del trauma, Olivier Douville (2003) nos dice que «el trauma sería entonces una figura reguladora de la «muerte del sujeto», de la experiencia de la nada, que permite vincular esta muerte subjetiva al acontecimiento: la de la ruina del cuerpo del otro (el semejante, el grupo de semejantes). (…) La ruina del cuerpo del otro y la descalificación resultante del tercero desdoblarían entonces la prueba de la castración entre una castración brutal, real, y una castración simbólica (…) Si la castración asumida hace que el cuerpo se sitúe, por otra parte, en la experiencia del cruce del trauma, el sujeto, habiendo escapado al peligro, no consigue limitar la destructividad. No basta con poner en palabras la experiencia del peligro y el efecto del miedo.
El dispositivo del psicoanálisis multifamiliar, que descubrí hace ocho años, podría ser una vía a desarrollar y proponer en Francia a las familias y a los pacientes que han pasado por experiencias vitales deshumanizantes. El psicoanálisis multifamiliar nació en los años 60 en Buenos Aires por iniciativa original de Jorge García Badaracco (1989). Aunque el sistema de grupos fue concebido inicialmente en un entorno hospitalario psiquiátrico, para pacientes esquizofrénicos, ahora se piensa en él como un espacio de posibilidades abierto a cualquier sujeto sin ninguna categoría nosográfica específica. Los aportes de Bion, Winnicott, Searles, Bateson, Mahler, Freud, Klein, Diatkine, Nacht, Eyn, Racamier, entre otros (la lista es larga), han dejado su huella en la práctica de Jorge García Badaracco. Me parecen esenciales en el acompañamiento de sujetos cuyo trauma ha modificado su relación con el mundo, con el otro y consigo mismo, y cuyas herencias y transmisiones intergeneracionales y transgeneracionales deben ser exploradas. El sistema multifamiliar sería largo de describir; se basa en material intergeneracional y transgeneracional y en múltiples posibilidades de identificación entre los participantes y los terapeutas que los coordinan. Como dicen Graziella Bar de Jones y Alberto Jones (2020): «La interpretación del inconsciente no será el modo de intervención (…) Buscaremos más bien que los procesos terapéuticos surjan por sí mismos, a partir de las mil voces que se alzan en estos encuentros, con las resonancias conscientes, preconscientes e inconscientes que el compartir experiencias desencadena en cada uno. (…) Los efectos de la multifamiliar permitirán la identificación o diferenciación, la recuperación de recuerdos, la puesta en marcha de aspectos escindidos, de traumas, y donde cada persona hará sus propios descubrimientos, acompañada y apoyada de manera estable y confiada por un equipo que ofrece la posibilidad de construir interdependencias recíprocas ahora normogénicas en el sentido de García Badaracco (1998) (…) hemos dado un giro en nuestra forma de pensar para poder sumar e integrar en nuestra atención de asociación libre, una nueva forma de escuchar y de mirar. Es decir, a los fenómenos del inconsciente y sus diferentes interpretaciones, hemos tenido que añadir, por un lado, la presencia en nosotros de los otros y, por otro, las interdependencias recíprocas con estos otros, estos otros en el sentido concreto y aún más intrapsíquico del término. Con el tiempo, buscamos sustituir las interdependencias patógenas por interdependencias normogénicas: nuevos vínculos en los que se pueda desarrollar la posibilidad de confiar en el otro. En estos encuentros multifamiliares, encontramos la búsqueda confiada de una virtualidad sana, la capacidad de los terapeutas de no favorecer la repetición y de mostrar una respuesta diferente a la que siempre hemos recibido en la familia traumática.
El dispositivo del Psicoanálisis multifamiliar es muy interesante, permite también esta presencia del otro, esta hospitalidad, este principio de humanidad y esta función de testimonio que he desarrollado más arriba, que me parecen necesarios desde el mismo momento en el que abordamos la cuestión del trauma, entre otras cosas. El psicoanalista, el grupo (que representa lo colectivo, lo social y lo individual múltiple) quieren aquí ser testigos, figuras presentes, auxiliadoras, y vienen a acompañar al individuo en su historización. Ofrecen una función simbólica, en la que el surgimiento de la esperanza es un elemento central. Esta función se multiplica por diez, ya que se trata de compartir la experiencia a nivel de grupo y el encuadre tiene también una función instituyente. En este espacio grupal estamos protegidos de la barbarie que opera en el exterior. Concebido como un espacio meta-transicional, el espacio de reunión pretende ser cómodo y agradable. Mientras tanto, en el escenario fuera del grupo, «en cualquier configuración grupal o social, la deshumanización del otro, su esclavización a los propios fines, y por tanto la barbarie, nunca están lejos. Socialmente, nos engañamos fácilmente en relación con este fondo de destrucción, de morbosidad presente en todos, a través de la represión, la negación y las escisiones» (Gaillard, 2008).
El poder de la pulsión de muerte, así como el trauma, son temas que hay que tomar muy en serio y con humildad. Los cambios actuales están socavando las instituciones que garantizan el vínculo, la ley y las normas que tienen este papel y esta función instituyente. Los fundamentos de la cultura humanista», escribió Georges Steiner, «están siendo cuestionados. El fantasma de la barbarie se ha despertado en el corazón de Europa y tal vez incluso podríamos pensar en ello a nivel internacional, si nos remontamos al inicio del periodo del Covid, del que fuimos testigos, por ejemplo, en la forma en que se gestionó el evento pandémico en los diferentes países afectados.» Vivimos una época especialmente extraña. Descubrimos con sorpresa que el progreso ha pactado con la barbarie. (Freud, 1939)
La pandemia y la guerra de Ucrania han puesto fin a nuestros hábitos y nuestras certezas. El psicoanálisis, inscrito en el espacio social, se ve afectado por el exilio, la política, la guerra, las transformaciones de la sociedad, los acontecimientos internacionales como la pandemia o cualquier otra gran catástrofe colectiva o individual. Trata de pensar, sin estar en una posición de conocimiento, entre otras cosas, la «incondicionalidad» del hombre, la realidad humana, el síntoma «que resulta del socavamiento de este principio que condiciona la humanidad del hombre y la posibilidad de transferencia» (Segers, 2009). Esperemos que estas múltiples crisis no nos lleven a un callejón sin salida. «El psicoanálisis, por su énfasis en la escucha de la alteridad, podría abrir nuevas ritualizaciones, nuevos modos de historización en lugar de los impuestos por el repliegue en la pureza, la virginidad, el rechazo, el mestizaje, la hibridación y contra la evidencia de la renovación generacional. El psicoanálisis (…) es un asunto de paso y atravesado por la alteridad» (Segers, 2009).
Todo lo que pueda molestar se rechaza, estamos en una zona higienista y eugenista. Esto es un síntoma de un cambio no insignificante. En una sociedad depredadora y desvinculada, donde el ultrautilitarismo y el mundo digital tienen su lugar en el espacio social, el reconocimiento de la demanda de un sujeto para ser escuchado como tal está muy debilitado. «El psicoanalista que se niega a salir de su cueva no es creíble» (Segers, 2009). Por lo tanto, la responsabilidad, el deseo y el compromiso del psicoanalista son primordiales. Está llamado a responder por su lugar sobre la base de su verdad y sus conocimientos. Como testigo, he intentado cuestionar lo que emerge de las subjetividades modernas, de los acontecimientos actuales que señalan una profunda mutación de los códigos y modos de relación con el otro. El trauma está en el encuentro con el otro y lo que nos hace experimentar. De lo insoportable, de lo indecible a lo caótico, hay límites a lo analizable.
«En ese contexto, hay que recordar que el trabajo de apropiación subjetiva, la construcción del sujeto, se realiza durante un largo período de tiempo, y que las identificaciones están arraigadas en la historia, al igual que los síntomas. Esta ‘gestión’ contribuye a malinterpretar la primacía de la pulsión de muerte (…) Es siempre en los márgenes donde la creatividad encuentra su terreno más fértil. El síntoma es la parte del sujeto que se niega a dejarse reducir (en el apoderamiento o el abandono)» (Gaillard y Giménez, 2013). Nuevas formas de conexión surgen ante nuestros ojos a pesar de la soledad de los sujetos debilitados por las diversas crisis superpuestas. Podríamos constatar, como cita Maffesoli, que el individualismo que caracteriza nuestra época posmoderna ya cumplió su ciclo. «Lo háptico (haptos), es decir, lo táctil que está en la base del estar juntos, se ha impuesto. A pesar de las estrategias del miedo, el terror y la barbarie, el ‘estar con’ tiene prioridad (…)». Toda la sociedad se ve afectada por el desgaste del tiempo. De ahí el tipo de palingenesia que esto induce. Quiero decir que, por una especie de proceso cíclico, es a partir del caos que se produce una recreación total. (Maffesoli, 1993; 2021).
No podemos cambiar los acontecimientos a los que nos enfrentamos, pero sí podemos modificar nuestra forma de vivir y de mirar esta realidad. Se trata, pues, de sublimarlo, de intentar convertirse, de seguir siendo un actor en el corazón de este espacio de libertad reducido por la coacción, ya sea del lado del exilio o de cualquier otra situación traumática, o del lado del Covid. Devolver a uno mismo un espacio de libertad permite diluir, reducir y borrar el miedo.
La humanidad, nuestras diferentes culturas, han pasado por terribles pruebas. Las guerras mundiales, los actos de terrorismo, la violencia política, los traumas individuales y colectivos, las persecuciones de las poblaciones que quedan marcadas para siempre, no deben impedirnos soñar, para nosotros mismos y para nuestros hijos venideros, las futuras generaciones a las que transmitimos nuestra herencia de vida, nuestras experiencias y un impulso de vida. Pensar en nosotros mismos y en el otro, sin excesos, con ética, sinceridad, principios de humanidad y hospitalidad es una condición para que el trauma deje espacio a un futuro posible de construir.
Los próximos años serán una oportunidad para mirar al futuro con esperanza y lucidez y depositar todas nuestras esperanzas en nuestras capacidades, en nuestro potencial y también en nuestro espíritu creativo colectivo para que podamos transformar y reinventar nuevas formas de convivencia ante los retos que nos esperan.
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