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Pero el viaje de Ucrania a la Argentina, en 1906, era realmente una odisea,
sobretodo para sus bolsillos pobres. Con sus primeros
ahorros, llegaron, solitos, en tren, a Viena.
Allí, Juan de 13 años y Domingo
de 15, trabajaron duro fabricando ladrillos. Vivían
en una pensión. Juan aprendió a
hablar el alemán.
Maria, se había casado con un primo varios
años mayor, Manuel, que la llevó
a vivir a Buenos Aires.
Manuel ayudó a sus sobrinos a completar
el valor de los pasajes en la tercera clase de
un barco.
Para entonces, Juan era un joven de 17 años.
No era fácil adaptarse a un país
tan diferente al suyo, tan diferente a Viena...
No hablaba una palabra de castellano pero estaba
decidido a trabajar.
A pocos días de llegar, caminando por
la calle Maipú descubrió una veterinaria.
Le gustaban los animales y decidió, que
allí buscaría empleo.
Justamente solicitaban un ayudante de contador
y Juan era bueno para los números aunque
no tenía diploma. Mintió. Le tomaron
una prueba y aprobó. Le dieron el empleo.
Apenas cobró su primer sueldo, tomó
clases de contabilidad. Para ese entonces se había
hecho amigo de los hijos del dueño y confesado
su mentira. Los jóvenes le fueron enseñando
el idioma y las costumbres del país. Probó
el mate y las facturas y aprendió a calzar
bombachas y recorrer campos ajenos de a caballo.
Porque Juan, merced a su inteligencia y su capacidad
de adaptación y de trabajo, llegó
a ser socio gerente de la empresa y responsable
de las primeras vacunaciones contra la aftosa
en la Argentina.
En casa de Maria, donde Juan vivió hasta
su boda, hablaban castellano pero también
idish y comían gefilte fish y borcht, varenikes
de papa y blinis y leicaj de miel. La hermana
mayor era la custodia de la identidad, de sus
costumbres rusas y judías. A falta de abuela,
fue ella quien transmitió a sus sobrinas
Fanny, Betty y Olga, las recetas típicas.
Betty recuerda los olores de la cocina de Maria;
sus manos amasando una masa fina como un velo
para preparar el strudel de guindas y de manzanas
y sobre todo la receta para preparar el "vichnik"
(guindado).
Su esposo compraba damajuanas vacías en
las bodegas Giol. Maria las lavaba muy bien y
las hervía para esterilizarlas.
Luego, las 4 se sentaban a la mesa de la cocina
a separar cualquier guinda que no estuviese perfectamente
sana pues arruinaría el licor.
Varias veces las pasaba la tía por el
agua fría y luego había que retirar
uno por uno los cabitos de 9 kilos de guindas!
Luego introducirlas de a una en la damajuana hasta
casi la mitad de su contenido. Agregar el chorrito
de alcohol y los 3 kilos de azúcar.
Finalmente tapar el gollete con una fina tela
para que la damajuana respire. Y cada día
poner las damajuanas al sol en el balconcito y
entrarlas por las noches. Y observar como el líquido
soltaba espuma al fermentar y las guindas se iban
hinchando. Cuando flotaban en la superficie, el
licor estaba listo y podía taparse con
un corcho.
Pero la tía lo dejaba estacionar un año
para que tomara todo su sabor.
Y ese guindado bendecido, mojaba los labios de
las niñas cada viernes.
Durante sesenta años, Betty ha preparado
el guindado para los suyos. Sus hijas, sus nietos
conocen la receta y la han preparado con ella.
Las guindas a los postres, son infaltables en
cada reunión familiar. El legado judeo-ruso
sigue vivo. |