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Lic. Estela L. Bichi
Miembro Titular Didacta de la A.P.A.
Segundo Premio de Honor
Concurso de Cuentos. Mutualidad Psicoanalítica
Argentina
36 Aniversario. Abril/Mayo de 2002
El día había amanecido
brillante, con un cielo límpido
que prometía alcanzar las altas
temperaturas de esos tórridos
eneros en la ciudad a los que él
estaba acostumbrado. Los veranos se
encontraban acumulados allí,
en su memoria, como aquellos momentos
en que más había gozado
de las calles y de los paisajes cotidianos
que entonces se tornaban casi desiertos...casi
sólo propios. Pero también
eso poco a poco había ido cambiando
y la ciudad se regía ahora
por otros ritmos... Los maullidos
de Félix lo habían despertado
obligándolo a cumplir con su
primer tarea del día. Le asombraba
que el apetito matutino del bicho
no hubiera variado con los años.
No era su caso. Su estómago
se conformaba fácilmente con
unos cuantos mates amargos y alguna
que otra rebanada de pan, de ese blandito,
por el problema de la dentadura, a
la que no terminaba de acostumbrarse.
Entretanto, las noticias de la radio
le hacían una compañía
intermitente ocupando de a ratos su
atención, que alternaba con
sus largos momentos de ensimismamiento.
No quería ni hubiera podido
distraerse y mucho menos aturdirse
para defenderse de sus recuerdos.
Después de todo habían
sido casi cincuenta años. Una
vida. La alegría y el entusiasmo
de los 20 años aquel día
en que habían decidido casarse
todavía lo hacían sonreir
con cierta ternura. A él, tan
renuente a sonreir desde que ella
ya no estaba. ¨Casarse?...con
qué?¨- les decían...Pero
ellos se miraban a los ojos y sin
palabras se confirmaban su fortaleza
y su esperanza. Desafiando todos los
pronósticos adversos pidieron
fecha. Y allí estuvieron tomados
de la mano, escuchando al juez con
atención, firmando el acta
con esa seguridad que suele dar esa
combinación mágica de
juventud y de mutuo y profundo enamoramiento.
Los primeros años habían
sido demasiado duros, aunque sólo
un juicio muy posterior logró
calificarlos de ese modo. No habían
parecido tan duros mientras los vivían.
La juventud y la ilusión alivianaban
toda carga de sacrificio, pensaba
mientras recordaba las bromas que
entonces solían hacer acerca
de sus penurias de fin de mes.
Pero pronto nació el primer
hijo. Y ahí nomás nació
el segundo. Ya no estaban solos. Había
que pensar en su futuro, en poder
darles algo más de lo que ellos
mismos habían llegado a recibir...
Ella no se cansaba de alentarlo diciéndole
que todo iba a mejorar, que él
daba para más, que había
que arriesgarse...Y fue así,
sostenido en parte por la confianza
de ella y en parte por su propio coraje,
que dejó su puesto seguro en
la fábrica y se puso por su
cuenta.
Le fue bien...no se quejaba...aunque
un par de veces ellos, ¨los de
arriba¨, casi lo dejan en la calle.
Más de una vez pudieron irse
de vacaciones a la costa. Sus hijos
fueron al colegio y luego a la Universidad.
Eran su orgullo...No se verían
desarmados ante el mundo, tal como
él se había sentido.
Tenían un título, un
porvenir más seguro...
Sin embargo, en contra de todos los
proyectos que ambos habían
construído juntos, las cosas
fueron cambiando...Se habían
encontrado solos nuevamente. Solos
y tristes.
Nada lograba consolarla. Y él
se esforzaba, aunque se sentía
incapaz de ayudarla a seguir... simplemente
porque él mismo no hallaba
consuelo...y entonces ella se había
ido y él había quedado
allí, sin palabras...con sus
recuerdos y su silencio...
Entró a la cocina casi como
quien entra a un templo, casi como
quien se encuentra ante un altar.
Porque ese había sido el reino
de ella. Sólo a ella le estaba
permitido manipular los utensillos
amorosamente guardados en un orden
riguroso que nada debía alterar.
Eran sus dominios y su presencia allí
era aún casi tangible. Titubeó
ante el anaquel inferior en el que
una dentro de otra, como las ¨mamoushcas¨
rusas, estaban guardadas las viejas
pero relucientes ollas. Al costado
las cucharas de madera. Una para lo
dulce, otra para lo salado.
Como un fantasma agridulce aparecieron
ante él los encuentros familiares
de los domingos al mediodía.
Los hijos alrededor de la mesa, las
discusiones inevitables y las risas
que les seguían cuando - siempre
de modo provisorio - acordaban hacer
las paces sabiendo en el fondo que
la cosa continuaría el domingo
siguiente.
Ella cantaba...y cantaba lindo. Toda
su timidez desaparecía ante
esa pila de platos que fue disminuyendo
a medida que los miembros de la familia
se fueron desperdigando por el mundo.
Cuando quedaron solos, ya hacía
rato que no cantaba en su cocina,
pero sí lloraba, a veces a
escondidas, para no mortificarlo.
Lo había cavilado todo el
día. Casi lo tenía decidido
cuando tomaba su almuerzo frugal mientras
escuchaba las noticias. Vaciló
aún unos instantes mirando
fijamente las puertas del anaquel.
Eran sus bienes más preciados,
lo sabía... Pero también
sabía que desde donde estuviera,
ella lo iba a entender. Finalmente,
abrió las pequeñas puertas
con decisión. Tomó la
olla y una de las cucharas con el
sentimiento de quien toma una bandera.
Con paso cansino pero firme, con esa
convicción que dan a los débiles
las heridas profundas, se dirigió
hacia la puerta...
Salió callado, sin palabras,
para unirse a la protesta callejera
de los vecinos. Necesitaba hacerlo...
en nombre de sus hijos lejanos...
de sus nietos, casi unos desconocidos...
En nombre de ella, que quizás
se había muerto de pura tristeza
por temor de no volverlos a ver...
Los otros, ¨los de arriba¨,
lo habían dejado solo...se
habían llevado todo...hasta
sus ahorros que con ella habían
guardado durante toda la vida...Los
otros, ¨los de arriba¨, se
habían llevado hasta sus palabras...
En algún lado había
leído que ¨el ruido no
hace bien y el bien no hace ruido¨.
El había vivido bajo ese lema
que de una manera más simple
le había transmitido en silencio,
con el ejemplo, su propio padre...
Pensó que quizás toda
su vida había estado equivocado...Que
a veces para ser escuchado, para lograr
que las cosas cambien – y cambien
para bien -, era necesario romper
el silencio y hacer ruido... Con los
ojos cargados de un llanto triste
y rabioso, aceleró el paso
y se unió al grupo...
Buenos Aires, Argentina,
Enero de 2002 |