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Alejo
B. Roze
Viene del sentimiento de que
lo que está ahí no es
exactamente real,
O bien es real, pero no está
exactamente ahí.
(Leonard Cohen)
Ese no era su hogar. Jacques sabía
que no era más que un invitado,
y trataba de no olvidarlo. Pero uno
siempre tiende a tratar de encontrar
un hogar cuando se encuentra lejos.
Para Jacques, ese nuevo hogar podía
ser la casa de Sophie, su amiga de
hace tantos años. Era un hogar
temporario, claro está, ya
que en poco tiempo él volvería
a su país con fotos y muchas
anécdotas de aquel recorrido.
Por el momento, aquel pequeño
pueblo italiano era su hogar y cada
tarde después de un paseo con
Sophie volvía a la casa grande,
donde vivían la madre de ella
y su hermano, Maurice.
La caminata hasta el lago era una
de las cosas que se repetían
seguido. Era invierno, y el lago estaba
congelado en su mayor parte. Por eso
la visión de éste con
el sol cayendo era tan hermosa. Desoladora,
pero hermosa. Caminaban hablando mucho
de ida, y estaban en silencio mientras
volvían. Habitualmente entre
la charla y el silencio mediaba alguna
discusión, aunque nunca gritos.
Después de años de discutir
el uno con el otro, habían
ambos aprendido a callarse a tiempo,
antes de decir algo que de verdad
hiriera al otro. Cualquiera que les
viera pensaría que se odiaban,
o que simplemente no congeniaban.
No sospecharían nunca que ambos
eran probablemente el mejor amigo
que el otro había tenido o
tendría. Lo mejor era que ambos
lo sabían, y tenían
la decencia de decírselo el
uno al otro a veces.
Jacques, sintiéndose muy
solo y muy alejado de todo, caminaba
un poco más lento que Sophie,
y ella, orgullosa, se negaba a esperarlo
sólo porque él caminara
pensativo o se detuviera a romper
el hielo de un charco con una piedra.
Escuchaba los golpes a sus espaldas,
pero no volteaba a ver hasta llegar
al lugar donde el camino de tierra
se encontraba con el asfalto. Allí,
ella se detenía y veía
a Jacques llegar hasta ella desde
los cincuenta metros más o
menos que los separaban. Mientras
cruzaban el pueblo, caminaban ya a
la par, mas cuando llegaban a la casa,
ella abría la puerta de calle
y subía rápido por las
escaleras, mientras él se tomaba
un tiempo excesivo para limpiarse
los zapatos en el tapete. Ella entraba
al departamento. Su madre la saludaba
y veía que había dejado
la puerta abierta; justo cuando iba
a cerrarla se daba cuenta que ella
la había dejado así
para que Jacques entrara, y él
aparecía desde el corredor.
Se sacaba los zapatos y, para no molestar
a Sophie, iba a hablar con Maurice.
Jacques le había estado enseñando
una canción que había
compuesto con su banda, llamada The
amazing story of Peter Pancreas; una
canción jocosa acerca de un
niño con una enfermedad pancreática
que desarrollaba adoración
teísta por un auto abandonado
que había encontrado. Así,
ellos se sentaban en el cuarto de
Maurice y practicaban la canción
en el bajo de él.
Las valijas de Jacques estaban en
el cuarto de Sophie, y ella dormía
en el living. Él, por alguna
razón, jamás desempacaba
definitivamente. Cada vez que necesitaba
algo desarmaba las valijas y las volvía
a armar en cuanto lo había
conseguido. Sentados a la mesa, con
la conversación, la tensión
entre Jacques y Sophie, que el resto
de la gente de la casa ni siquiera
solía notar, se aliviaba un
poco, y ambos le contaban a Maurice
acerca de los tiempos en que ellos
iban a la escuela juntos, antes de
que ella se fuera a vivir tan lejos.
Con todo, había sido una visita
agradable. Eso dijo Jacques meditativamente
en un momento de la conversación:
“Con todo, ha sido una visita
agradable”. Ella, siempre muy
atenta al lenguaje y a las palabras
exactas que la gente usaba (a veces
mucho más que a su significado),
le preguntó: “¿Por
qué ‘ha sido’?”.
Él, incapaz de admitir que
había cometido un error, enmendaba:
“Quiero decir que hasta ahora
ha sido una visita agradable”.
“No,” replicaba ella,
“como lo dijiste, ‘ha
sido’ implica que la visita
terminó; y no terminó,
así que…” Maurice
los miraba con atención. La
madre de los hermanos se había
retirado de la mesa antes de que el
diálogo acerca de tiempo verbales
comenzara. La verdadera discusión
no se desataba hasta que Jacques comenzaba
a mostrar el temperamento por el que
era conocido, ella se enojaba por
su falta de respeto y se prometía
no hablarle por tanto tiempo como
le fuera posible.
A Maurice le hacía gracia.
Con sus dieciséis años,
cinco menos que ellos dos, sentía
que ellos eran los niños, y
se preguntaba qué clase de
ataque de ira saldría de Jacques
o qué silencio quedaría
en Sophie si a él se le ocurriera
decir lo que estaba pensando. Así
que se quedaba callado y contemplaba,
sabiendo que si la discusión
iba como siempre, ellos se ignorarían
por un tiempo, y él tendría
a su hermana toda para él,
ayudándole con matemáticas
(tal vez la única disciplina
en la que ella precisaba ayuda), o
podría ir con Jacques para
practicar la canción de Peter
Pancreas.
A la mañana siguiente a cada
noche, que solía traer la reconciliación
de la discusión de la tarde
(que podía ser la primera o
la segunda del día), ella solía
tener que ir a la Universidad en uno
de los pueblos cercanos. Él
la acompañaba y, mientras ella
estaba en clase, se dedicaba a recorrer
un poco. Por alguna razón siempre
miraba cada lugar como si fuera la
última vez que lo visitaba.
Una tarde, Jacques y Sophie volvieron
de aquel pueblo en el que ella estudiaba
y encontraron a Maurice enfermo. Había
tomado frío y apenas podía
levantarse. Estaba en su cuarto a
oscuras, constantemente atendido por
su madre. De a momentos deliraba.
Esa tarde, Jacques y Sophie no discutieron.
Apenas hablaron, pero lo poco que
hablaron fue en calma. Fue acerca
del tiempo, y de cómo les había
afectado a cada uno. Él le
dijo que la notaba triste. Ella le
dijo que lo estaba, pero que él
no podía ayudarla; de la misma
manera que nadie más podía
ayudarla. Eran cosas que tenía
que enfrentar sola, decía.
Y él le hablaba tratando de
decir esa palabra que tal vez tendría
la magia de darle lo que necesitaba.
Después dejaba de hablar e
intentaba convencerse de que su presencia
era suficiente ayuda. Después
trataba de pensar en otra cosa.
Esa noche ella le dijo a él
que lo despertaría a las ocho,
pues tenían que ir al pueblo
para que ella rindiera un examen.
Fueron a dormir, y a todos les costó
mucho. Maurice deliraba y llamaba
a su madre todo el tiempo. Jacques
soñaba que por una razón
u otra Sophie no venía a despertarlo
a las ocho. Se despertaba entonces,
miraba el reloj, suspiraba al ver
que la aguja pequeña todavía
tenía mucho viaje que recorrer
hasta las ocho y volvía a dormirse
con dificultad. No lograba ponerse
cómodo, y cuando se sumergía
en otro sueño, todo cambiaba
desde el anterior excepto la constante
de todos los sueños que tuvo
él esa noche: ella no lo despertaba
a él a las ocho. En el último
de los sueños estaba amaneciendo.
No había edificios entre el
horizonte y él, que iba por
las calles vestido con los pantalones
cortos que usaba para dormir. Después
se paraba maravillado a mirar una
florería y pensaba que si bien
estaba amaneciendo, no eran las ocho
todavía, pero tendría
que esperar despierto hasta esa hora,
pues ella seguro se olvidaría
de despertarlo. En ese momento él
se vio lanzado, desamparado, de vuelta
a la realidad (donde el aire era más
frío) por la voz de ella diciendo:
“son las ocho”. Él
comenzó a reír.
Al escucharlo reír, Sophie
perdió sus dudas. Cuando se
despertó cerca de las ocho
trató de sacudirse los restos
de los sueños, que en fragmentos
de colores y sonidos la habían
confundido. No lograba recordar si
debía despertar a Jacques a
las ocho o si ese había sido
uno de sus sueños, como aquel
en el que Jacques la defendía
a ella de un hombre que los perseguía
tirándoles cuchillos. Sus sueños
solían situarse en las calles
del lugar en el que ella había
vivido tantos años antes, aquel
en el que Jacques vivía cuando
no estaba de visita con ella. Entre
ese lugar y aquel en el cual Sophie
dormía, habían cuatro
horas de diferencia. Entonces, ¿tenía
que despertar a Jacques a las ocho
de aquel lugar, en el sueño,
o a las ocho de la realidad? Se levantó,
se vistió y se dirigió
al cuarto que ocupaba él. Lo
llamó y al escucharlo reír
se dio cuenta que había sido
todo un sueño; no era a las
ocho de ningún lugar, no había
que despertar a nadie. Volvió
a la cama sin desvestirse.
Jacques miró el reloj por
décimo quinta vez desde que
se había acostado y se dio
cuenta de que ya eran las ocho. Creyó
soñar que por fin ella lo despertaba
y que a él le daba gracia que
después de soñarla tantas
veces olvidadiza, al fin Morfeo se
la hubiera presentado responsable.
Pero si lo había soñado,
entonces ella no lo había despertado,
lo había olvidado, como su
sueño lo había predicho.
Se dirigió directamente al
baño para ducharse; después
se vistió. Preparó un
café y fue a tomarlo en la
mesa del living, mirando cómo
Sophie dormía a metros de él.
Ella despertó, lo vio allí
y recordó que debía
ir al examen. Lo había olvidado;
incluso había soñado
que lo despertaba a él, pero
al final había sido al revés.
Él no se movió de la
mesa y de su café durante los
cuarenta y cinco minutos que ella
tardó en estar lista para partir.
No hablaron mucho, confundidos todavía.
Sophie ya estaba completamente despierta
al momento de entrar a dar su examen.
Había olvidado llevar una lapicera,
así que él le prestó
la de él. Jacques pensó
en ir a caminar mientras esperaba
que ella terminara el examen, pero
decidió quedarse en el edificio,
que estaba tibio. De repente quiso
escribir algo –una nota de despedida
o una misiva parecida. No sabía
por qué, y suponía que
era la misma sensación que
tiene la gente perfectamente sana
cuando se pone a escribir su testamento.
Buscó en la valija de ella,
que le había dejado para que
cuidara, pero se insultó por
su estupidez: “Si ella tuviera
una lapicera aquí adentro,
no me hubiera pedido una.” La
lapicera le había traído
suerte, dijo ella. El examen resultó
más fácil de lo que
pensaba que sería. Él
le dijo que se la quedara y la usara
entonces para un examen más
difícil, como el de matemática.
Ella agradeció el pequeño
presente.
De regreso al pueblo en el que vivía
ella, decidieron pasar por el lago.
Durante el camino de ida hablaron
acerca de muchas cosas. Alegorizaron
acerca de cómo quienes nadan
más profundo ven más
cosas, pero deben saber cuándo
volver a respirar a la superficie,
o de lo contrario se llevarán
ese conocimiento a la tumba. Jacques
recordó una canción
en la que decía algo de hundirse
como una roca bajo la sabiduría;
“olvidado, casi humano, se hundió
bajo tu sabiduría como una
piedra…” cantaba, ya recordando
bien la canción frente al lago.
Miraban a los patos que nadaban en
la parte que no estaba congelada;
uno de ellos levantó vuelo
y otro lo siguió, volando a
su lado casi hasta el otro extremo
del lago, y de vuelta. Ella preguntó:
“¿Por qué volarán
de a dos?” “Supongo que
lo mismo se preguntarán ellos
de nosotros: ‘Por qué
andan de a dos’”. Sophie
le recordó que cuando él
no estaba, ella iba a visitar el lago
sola, y dijo que por eso los patos
en realidad le preguntarían:
“¿Por qué no viniste
sola?”. Jacques no discutió,
pero eso lo hizo sentir muy mal. “Entre
preguntar ‘por qué no
viniste sola’ y ‘por qué
viniste sola’ hay una sola palabra
de diferencia. Se puede destruir el
mundo de alguien con una sola palabra,
sobre todo si uno es escritor”
Ella no lo entendió. No siempre
lo entendía, y no era porque
fuera más inteligente que ella
(más bien era al revés)
sino porque la mayoría de las
veces a él no le importaba
mucho que sus palabras tuvieran sentido
para los demás siempre y cuando
para él tuvieran un buen contexto.
Lástima que ese contexto solía
estar en su cabeza, como un párrafo
en un libro que explica por qué
un personaje hizo o dijo una u otra
cosa. Hablar con Jacques era como
leer ese libro, del cual alguien había
borrado el párrafo más
importante.
En el camino de vuelta él
se distrajo para buscar una rama de
árbol caída con la que
pudiera golpear trozos de hielo, pero
descubría con decepción
que las ramas del piso estaban tan
mojadas que se rompían con
demasiada facilidad. Ella siguió
caminando, acostumbrada a que él
se retrasase. Un hombre con dos perros
pasó trotando en dirección
contraria a la de ellos. Ella lo saludó
y los perros le ladraron. Él
recordó con mucho pesar que
ya era el día indicado para
su partida, que tendría que
ir a buscar las valijas que había
sacado de la casa de Sophie el día
anterior y había dejado en
la estación de trenes. Tal
vez iría directamente hacia
allí. Qué reflexión
tonta, pensó él, “a
dónde voy a ir sino allí…”
Sophie caminaba sin mirar atrás,
como un Orfeo temeroso de perder a
su Eurídice, aunque no sabía
por qué. Sintió algo
de pronto, como si hubiera olvidado
un sueño que mientras despertaba
había sido muy nítido,
o como si alguien le hubiera mostrado
un juguete con el que ella había
jugado cuando era niña. Al
llegar a la parte del camino en el
que en la que comienza el asfalto,
se detuvo un segundo. De pronto se
dio cuenta de que no sabía
por qué se había detenido
y siguió caminando. Al llegar
a su casa, abrió la puerta
de calle, subió apurada las
escaleras y entró al departamento.
Su madre pregunto: “Sophie ¿por
qué dejaste la puerta abierta?”
Ella miró extrañada
el corredor pálidamente iluminado
y dijo: “No sé, perdón”.
Se descalzó y se sentó
a estudiar matemáticas. Preguntó
a su madre cómo estaba Maurice,
y si le podría ayudar. Ella
dijo que vería. En ese momento
el joven entró en el living,
muy débil, vestido con una
bata. “Hola…” saludó
sin mirar a ninguna de las dos mujeres.
“¿Dónde está
Jacques?”.
“¿Quién es Jacques?”
preguntó Sophie extrañada.
“No hagas bromas tontas, ¿se
quedó en el pueblo?”.
Ella sabía tan bien como cualquiera
aquella regla que dice que no se debe
responder a una pregunta con otra
pregunta, pero lo dejó ir todo
cuando preguntó, molesta: “¿De
qué estás hablando?”
Su madre le indicó que no fuera
tan dura con él, ya que probablemente
estaba delirando. Le tocó la
frente, y efectivamente le había
subido la fiebre. Su cara estaba roja
y demasiado caliente. Le indicó
a su hijo que fuera a recostarse,
que ella le llevaría un té.
Él le gritó que no.
“Ustedes están delirando
¿¡Qué les pasa!?”
Sophie trató de olvidar que
estaba hablando con su hermano y utilizó
la diplomacia perfecta que reservaba
para los extraños. Le hablaba
como a un niño: “Mau,
no sabemos qué estás
diciendo. ¿Jacques… es
acaso un amigo tuyo?” “¡No!
Es tu amigo de toda la vida. Estaba
quedándose con nosotros, me
enseñó la canción
de Peter Pancreas…” Él
mismo comenzaba a dudar de lo que
decía; sentía la fiebre
jugar con su cabeza.
“¿Peter qué?
¿No estás hablando de
la película que te quedaste
viendo ayer, la del chico enfermo
que se imaginaba escapando en uno
de sus autos de juguete?” La
madre agregó: “Ay, sí,
‘La enfermedad de Peter’;
casi me hizo llorar, era una película
hermo…” Maurice se puso
de pie, casi veinte centímetros
más alto que su madre y la
interrumpió: “¡Es
una canción que me enseñó
Jacques!” Se había dado
cuenta de que se dedicaban a la película
como si no se acordaran de Jacques.
Trató de calmarse y les dijo
con mucha calma, casi rendido de desesperación.
“Es una canción, algo
como…” Trató de
tararearla, pero se le escapaba. Después
recordó en voz alta las notas
que Jacques le había dictado:
“la, sol, mi, re, mi, sol, la…
¿podrías darme una lapicera?”
“No tengo una lapicera”
dijo Sophie.
Jacques, en el tren, deseó
escribir esa palabra que lo cambiaría
todo. O tal vez era un párrafo,
pensó, lo cual haría
la tarea más difícil,
si ni siquiera sabía una palabra
de ese párrafo. Mientras no
tuviera ese párrafo no entendería
ese libro. Pensó en llegar
a su casa y tratar de escribirlo.
Podría haber probado suerte
allí mismo con un papel cualquiera,
pero había perdido su lapicera
en algún lado y su compañero
de cabina sólo hablaba albanés.
Pero lo intentaría… ¿cuándo?
¿en casa? Entonces lo invadió
una sensación nítida.
Tal vez pánico. No tenía
la menor idea de hacia dónde
se estaba dirigiendo, un minuto atrás
lo sabía. Después se
calmó. No importaba. Mejores
cosas había olvidado.
El tren bordeó una montaña.
Abajo, los árboles intentaban
alcanzar la luz del sol en un valle
que permanecía a oscuras la
mayor parte del día debido
a las montañas que lo rodeaban.
Las puntas de las ramas más
altas recibían un poco de sol
durante el mediodía. Después
el sol se iba. La luz del día
siguiente tal vez era para los árboles
la misma que la del día anterior,
o tal vez era una distinta. Una tormenta
podría traer la luz definitiva,
fuego del cielo; una luz violenta,
reveladora, que también los
destruiría. Todo lo que tenían
que hacer era quedarse allí,
abiertos de brazos, aprendiendo y
olvidando. Esperando. El tren se hundió
en un banco de niebla del que tardó
en salir. |